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Pensé que nunca podría volver a ver vídeos de perros, pero no fue así

Szabó Erzsébet3 min de lectura
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Pensé que nunca podría volver a ver vídeos de perros, pero no fue así — Familia

Durante mucho tiempo creí que cuando llegara el momento de despedirme, mi dolor sería tan intenso que borraría todo lo que alguna vez me hizo feliz. Pensaba que ver perros felices en redes sociales o en la vida real sería un tabú para mí, porque la ausencia lo eclipsaría todo.

Cuando perdemos a alguien que amamos, quienes nos apoyan se acercan naturalmente y escuchan nuestro duelo con paciencia.

Pero al perder una mascota, a menudo se siente una tensión silenciosa hacia el mundo exterior: ¿es “correcto” estar tan destrozado por un amigo de cuatro patas?

En realidad, el alma no distingue especies, una pérdida es una pérdida, y nuestro dolor es legítimo en cada fibra. Por eso —y porque no me importaba la opinión ajena— me permití caer por completo. Sabía que el amor que recibí de él no era menos valioso que cualquier otro vínculo humano, pero ahora debía aprender a vivir sin él.

Mujer abrazando a su perro

El silencio demasiado ruidoso

El duelo no es una línea recta, sino una montaña rusa impredecible. A veces crees que ya superaste lo peor, y de repente encuentras un pelo perdido junto a tu cama y vuelves a caer en lo profundo. Puedes sentir rabia hacia el veterinario, hacia el cielo o incluso hacia ti mismo por no haber visto antes una señal; pero esas tormentas son parte del proceso. Entre la negociación y la apatía, intentamos entender ese silencio que quedó en la casa y en nuestro corazón. Aceptar no significa olvidar ni que la herida se haya cerrado, sino que junto al dolor ya cabe la gratitud.

Cuando quiero desconectar por la noche, suelo ver vídeos de mascotas y perros antes de dormir. Pero cuando mi fiel compañero empezó a envejecer, a menudo me invadía el pensamiento: ¿qué pasará cuando ya no esté conmigo? Estaba seguro de que a partir de entonces, cada imagen solo traería lágrimas y un anhelo insoportable.

Luego llegó ese día que todo dueño teme, y mi mundo se volvió más oscuro. La ausencia que sentí fue incomparable. Durante mucho tiempo sentí un vacío extraño y profundo, que no solo experimenté en el alma, sino también en el cuerpo.

Perro recibiendo una recompensa

Luz más allá de la pantalla

Quizás mi cirugía también ayudó a que reevaluara todo en este tiempo, y como la enfermedad me dejó postrada meses, viví el duelo de otra manera. No pasó mucho hasta que vi el primer vídeo, justo de un perro de la misma raza, y pude verlo completo. Pero lo que más me sorprendió fue que no sentí nada negativo. Observé su característica inclinación de cabeza y su forma única de caminar. Sentí calidez. Me di cuenta de que esos vídeos no solo me recordarán la ausencia, sino también el milagro que viví gracias a él.

Sanar no es olvidar, sino la capacidad de reconectar con las pequeñas maravillas de la vida sin traicionar el pasado compartido. Aunque mi compañero ya no está, ese amor puro e incondicional que representaba sigue vivo en el mundo —y en mi mundo, sin duda.

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