Entre mis amigos que ya son padres, a menudo surge la opinión, muy citada también en internet, de que somos la generación que rompe el ciclo.
Somos quienes hemos llegado a un punto donde no tenemos que sufrir catástrofes mundiales (al menos por ahora), como nuestros bisabuelos, ni empezar desde cero, como nuestros abuelos, y ya no solo nos enfocamos en cubrir las necesidades físicas de los niños, como tal vez hicieron nuestros padres.
Hemos alcanzado un nivel de bienestar que nos permite cuidar también la cima de la pirámide de Maslow: queremos enseñar a nuestros hijos seguridad emocional, estrategias para afrontar dificultades y técnicas para manejar sus emociones. Queremos darles herramientas para que puedan mantener una relación sana con sus sentimientos.
Herramientas que tal vez nunca nos dieron a nosotros.
Desde temprano comprendí que la maternidad es un camino de aprendizaje personal, y para ser la mamá que quiero ser para mi hija, es esencial dedicar tiempo y energía a mi propio crecimiento.
No siempre es fácil, sobre todo porque implica reconocer cuando cometemos errores, y pocas cosas duelen más que aceptar que, a pesar de nuestro mayor esfuerzo, no hemos cumplido perfectamente un rol que sentimos más importante que cualquier otro.
Pero una mala madre no es quien se equivoca. Una mala madre es quien se equivoca y no está dispuesta a reconocer la necesidad de mejorar.

Todos sabemos que los padres son el primer ejemplo para un niño, y aunque en la adolescencia habrá años en que inevitablemente todo lo que haga será mal visto, los valores que le transmitamos ahora, en la primera infancia, serán los que marcarán a mi hija para toda la vida.
Por eso intento no solo predicar, sino también dar ejemplo: quiero que no se deje vencer por la presión mediática y ame su cuerpo, así que yo tampoco critico el mío. Quiero que defienda sus opiniones, por eso yo también enfrento los conflictos cuando es necesario. Quiero que pueda crecer, equivocarse y pedir perdón, por eso yo también le pido disculpas cuando siento que no manejé bien alguna situación.
Pero hay un aspecto donde siento que aún hay mucha resistencia a expresar nuestras propias necesidades. Pasar noches sin dormir con un recién nacido, correr tras un niño pequeño o pasar semanas yendo y viniendo entre el trabajo y el parque sin un minuto de silencio puede ser agotador física y mentalmente.
Reconocer que estamos exhaustas, que necesitamos unas horas para nosotras, y que por mucho que amemos a nuestro hijo, a veces desearíamos que se quedara un rato en silencio, puede ser increíblemente difícil.
Quizá porque tememos qué pasaría si no estamos disponibles cada minuto para satisfacer todas sus necesidades. Quizá porque al cansarnos, esa vocecita en nuestra cabeza dice "otros no tienen ni la mitad de ayuda" o "otros tienen X hijos más", y no sentimos que nuestro agotamiento sea válido.
Pero si hay algo de lo que estoy segura, es que no quiero que mi hija crezca pensando que no puede pedir ayuda cuando la necesita, que no puede expresar su agotamiento emocional, o que debe derrumbarse porque no reconoce sus límites o siente que sería una debilidad no sobrepasarlos.
Hoy aún estoy atenta para hablar, para cambiar a actividades más tranquilas o para mandarla a la cama a tiempo si veo que se está agotando demasiado. Pero no siempre estaré, y llegará el día en que ella misma tendrá que reconocer y atender esa necesidad. Solo puedo enseñarle esto con el ejemplo, y sí, habrá días en que la cena sea pizza y en lugar de un teatro de marionetas, el Topo Gigio suene en YouTube. Porque mamá está cansada. Y tiene todo el derecho a estarlo.
Imagen principal: ljubaphoto/istockphoto.com











