Todos olvidamos cosas de vez en cuando. Pero hay una diferencia enorme entre olvidar algo una vez y ignorar lo mismo una y otra vez. Cuando pasa lo segundo, ya no hablamos de despiste: hablamos de un patrón de conducta que no tiene ninguna justificación bonita.
Las cuentas son sencillas
Cuando tu pareja hace algo que te molesta, se lo dices. Por ejemplo: «Me sentó fatal que me llevaras a esa reunión y no me hicieras caso en toda la noche» o «Quedamos en que sacar la basura era cosa tuya y no lo has hecho». La primera vez le enseñas lo que necesitas. La segunda, se lo vuelves a explicar.
Pero si después de la tercera vez nada cambia y tienes que insistir otra vez, ya no estás pidiendo: estás suplicando. Alguien puede ser olvidadizo, pero nadie olvida tres avisos seguidos: eso ya es una conducta intencionada. En ese punto ya no estás explicando de más, estás rogando en vano para que te preste atención, para que te tenga en cuenta, para que le importe lo que le pides.
Sus sentimientos por encima de los tuyos
Nunca le importó si yo le suplicaba frustrada o si acababa pidiéndoselo entre gritos. Lo único que contaba eran sus sentimientos, porque, según él, «le había hecho daño al gritarle». Le dije que las primeras veinte veces se lo pedí con buenas formas, y que «solo» a la vigésimo primera levanté la voz, pero jamás conseguí nada con ello.
A ese tipo de hombres hay que dejarlos atrás: nunca cambian.
La respuesta que no quería oír
Me quejaba a mi amiga del comportamiento de mi marido y, al final, le solté la pregunta que me carcomía por dentro: ¿este hombre me quiere de verdad…? Ella solo me dijo que, si ya le había pedido cinco veces que no se quedara fuera por las noches sin avisar, no había nada que darle vueltas. ESA era la respuesta a mi pregunta.
«Si ni a la quinta entiende que, cuando no te manda un mensaje de dos líneas ("me quedo tomando algo con los chicos"), tú te quedas despierta hasta el amanecer preocupada por él, entonces es que a este hombre no le importas lo más mínimo.»
Muchas veces cuesta reconocer estas señales cuando estás dentro de la relación. Si te suena la historia, quizá te interese leer sobre cómo distinguir el descuido real de la indiferencia deliberada.
Constante en una sola cosa
Mi ex era coherente en una única cosa. Su comunicación era irregular, su cariño iba y venía, su entrega dependía del día… pero en algo era totalmente estable: ignoraba por completo cada una de mis peticiones. Y eso que yo no le pedía que cambiara como persona, solo que cambiara la forma en que me trataba.
Una cuestión de poder
En el caso de mi exmarido, aquello no era otra cosa que una demostración de poder. Tardé siete años de sufrimiento en darme cuenta de que lo hacía a propósito. No se le olvidaba que ya le había pedido mil veces que quitara la nieve, que limpiara el canalón o que me cambiara las ruedas del coche.
Yo lavaba, cocinaba, limpiaba y planchaba todos los días, y lo único que le tocaba a él eran esas pocas tareas «de hombre» que había que hacer una o dos veces al año… y ni para eso estaba dispuesto.
Un día lo entendí: le gustaba que le suplicara. Disfrutaba viéndome al borde de las lágrimas de pura impotencia. En ese momento sentía que tenía el poder en la relación, que el control era suyo. Cuando le anuncié que me divorciaba, entre los motivos le mencioné que, como me tocaba a mí palear la nieve, subirme al tejado y ocuparme del coche, él había dejado de ser un hombre para mí, porque era yo quien tenía que asumir ese papel. Fue todo un placer ver la cara de asombro que se le quedó.
Cuestión de tono
Cuando por vigésima vez le pedí que no tirara los vaqueros sucios en el sofá, sino en el cesto de la ropa, mi marido me preguntó por qué no era capaz de decírselo «en un tono normal». Estaba a punto de estallar, pero no dije nada. Preferí esperar.
Al día siguiente me pidió que hiciera el pedido del supermercado online, porque el fin de semana venían sus amigos y quería tener bebida y algo para picar. Le dije que «vale» —igual que hacía él cuando yo le pedía algo— y no hice el pedido. Al otro día me preguntó si lo había pedido, y le contesté: «luego».
El día antes de la reunión volvió a plantearme la pregunta y, cuando me limité a encogerme de hombros con cara de aburrimiento, me saltó a gritos preguntando por qué no lo había hecho. Entonces, con vocecita de niña enfurruñada, le pregunté: «¿por qué no eres capaz de hablarme en un tono normal…?». ¿Tal vez porque me había pedido algo tres veces y yo pasé olímpicamente, tal y como hacía él?
«No es agradable estar del otro lado, ¿verdad, cariño?» — le solté la pregunta, y captó el mensaje al instante.
Un año después nos divorciamos.
¿Cuántas veces hay que pedir algo antes de que sea demasiado?
Según las experiencias de estas lectoras, tres avisos son suficientes. La primera vez enseñas lo que necesitas, la segunda lo explicas de nuevo; si a la tercera nada cambia, ya no es olvido, es una decisión.
¿Por qué un hombre ignora las peticiones a propósito?
En varios de estos testimonios, ignorar las peticiones era una forma de demostrar poder y mantener el control dentro de la relación. Ver a la pareja suplicar les daba una sensación de dominio.
¿Es olvido o falta de interés real?
Un despiste puntual es normal. Pero cuando la misma petición se ignora una y otra vez, deja de ser cuestión de memoria: es una señal clara de que a la otra persona no le importa lo que sientes.
¿Se puede cambiar a una pareja así?
Según lo que cuentan estas mujeres, no. Estos hombres «nunca cambian», y la conclusión a la que llegaron fue dejar atrás la relación en lugar de seguir suplicando en vano.











