A veces te sientas a la mesa, miras el plato y, simplemente, no te apetece nada. No es una enfermedad ni una dieta: es como si esa señal que otras veces llega sola, el hambre, se hubiera quedado en silencio.
Si te suena esta situación, hay una buena noticia: el apetito se puede entrenar y estimular. No solo interviene el estómago, sino también el olfato, la vista y hasta el estado de ánimo a la hora de tener ganas de comer.
Los aromas que despiertan el estómago
El olfato influye en el apetito mucho más de lo que creemos. Una sopa recién hecha, el olor de la cebolla dorándose o el ajo sofrito ponen en marcha casi de forma automática la salivación y la producción de jugos digestivos.
Si llevas meses con poco apetito, merece la pena cocinar de forma consciente platos con aromas cálidos e intensos: piensa en la manzana con canela, en la pimienta recién molida o en las guarniciones con ralladura de limón.
- Especias recién molidas en lugar de las versiones ya molidas del supermercado.
- Sopas y platos al vapor que llegan humeantes a la mesa.
- Hierbas frescas, como albahaca, eneldo o perejil, usadas en abundancia.
El plato colorido como anzuelo
También comemos con los ojos, y no es solo un dicho. Un plato apagado y monótono resulta mucho menos apetecible que otro donde brilla el rojo del tomate, el verde de las espinacas o el naranja de la zanahoria.
Cuando el apetito está bajo, no te obligues a preparar raciones enormes. Es mejor apostar por platos más pequeños pero visualmente atractivos: a veces bastan unos pocos bocados si de verdad tienen buena pinta.
Entrantes ácidos y especiados
Los sabores ácidos y picantes son conocidos por activar la digestión, así que prueba a echar unas gotas de limón a la ensalada o a exprimir una rodaja de lima en el agua antes de comer.
El jengibre —en infusión o rallado sobre los platos— también tiene fama de crear una sensación cálida y agradable en el estómago, y muchas personas notan que les abre el apetito.
A veces no se trata de comer más, sino de volver a desear algo.
Raciones más pequeñas, comidas más frecuentes
Si solo pensar en tres comidas copiosas se te hace cuesta arriba, prueba a repartir el día en cinco o seis raciones pequeñas. Un puñado de nueces, un cuenco de yogur con fruta o una loncha de queso con pan integral resultan mucho menos intimidantes que un plato lleno. Además, esos pequeños bocados frecuentes van reacostumbrando poco a poco al cuerpo a comer con regularidad.
El papel de la compañía y el ambiente
Mucha gente comprueba que a solas cuesta terminar incluso medio plato, mientras que sentados a la mesa con amigos o familia apenas se dan cuenta de cuánto han comido.
Si puedes, intenta compartir las comidas con otras personas, poner un mantel bonito, encender una vela o dejar sonar algo de música. Todo el ambiente que rodea al momento de comer influye mucho en las ganas que tenemos de hacerlo.
El movimiento como estímulo para el apetito
Un paseo corto al aire libre, unos minutos de estiramientos o incluso una salida tranquila en bicicleta muchas veces despiertan el apetito por sí solos, porque después del ejercicio el cuerpo pide de forma natural reponer energías.
No hace falta pensar en entrenamientos agotadores: un paseo de media hora antes de comer puede bastar para que luego te sientes a la mesa con muchas más ganas.
Si la falta de apetito se prolonga en el tiempo, o va acompañada de pérdida de peso y cansancio, conviene consultarlo con un profesional. En esos casos puede haber algo más detrás que la simple falta de entusiasmo por la comida.
¿Por qué a veces desaparecen las ganas de comer sin estar enfermo?
No siempre es cuestión de enfermedad o dieta. A veces la señal del hambre simplemente se apaga, y en ello influyen el olfato, la vista y el estado de ánimo, no solo el estómago.
¿Qué alimentos ayudan a despertar el apetito?
Los platos de aromas cálidos e intensos, como la manzana con canela o las sopas humeantes, y los sabores ácidos o picantes, como el limón, la lima o el jengibre, ayudan a activar la digestión y las ganas de comer.
¿Es mejor comer poco muchas veces o hacer comidas grandes?
Cuando el apetito está bajo, repartir el día en cinco o seis raciones pequeñas resulta menos intimidante que enfrentarse a platos copiosos, y ayuda a reacostumbrar al cuerpo a comer con regularidad.
¿Cuándo conviene consultar a un profesional?
Si la falta de apetito se prolonga en el tiempo o va acompañada de pérdida de peso y cansancio, es recomendable hablar con un especialista, ya que puede haber otra causa detrás.











