Estaba sentada a la mesa de la cocina, con una taza de café frío entre las manos, mirando cómo mi nieto Martín, de seis años, cruzaba corriendo el salón, tiraba un jarrón y luego se lanzaba a mi regazo entre risas. Y yo no sentí nada. Ni calidez, ni alegría. Solo esa incomodidad extraña y punzante que me acompaña desde el día en que nació.
Cuando mi hija me anunció que estaba embarazada, lloré de felicidad. Con mi primera nieta, Lucía, todo fue natural: su primera sonrisa, sus primeros pasos, todo quedó grabado en mí como una imagen sagrada. Cuando llegó Martín, esperaba sentir lo mismo. Pero de algún modo nunca llegó ese instante en el que dos personas se conectan de verdad.
Durante mucho tiempo pensé que era solo cuestión de tiempo
Después me dije que quizá el problema era yo, que estaba haciendo algo mal. Un domingo, después de comer, cuando Martín volcó su vaso por segunda vez sobre la mesa y mi hija le reprendió con nervios, pensé para mis adentros: "si fuera mi hijo, ya se me habría agotado la paciencia hace rato". Pero no era mi hijo, era mi nieto. Y eso me hacía sentir todavía más culpable, porque no lograba derretirme con él como me pasaba siempre con Lucía.
No es culpa del niño que yo no sepa quererlo como debería, y precisamente eso es lo que me destroza por dentro.
Una vez, mientras me quedaba cuidándolos en casa de mi hija, Martín se acercó y me preguntó por qué no lo abrazaba como abrazaba a Lucía. No recuerdo bien qué le contesté, seguramente alguna evasiva, pero su mirada, la forma en que apartó la vista, todavía vuelve a mí cuando cierro los ojos e intento dormir. Tenía seis años y ya notaba que había una diferencia que aún no sabía poner en palabras, pero que sentía en el cuerpo.
No me atrevía a contárselo a ninguna de mis amigas
Una sobrina me comentó una vez, medio en broma: "a que tú también adoras por igual a todos tus nietecitos", y yo solo asentí, porque qué podía decir. ¿Que no, que no era igual? ¿Que hay a quien abrazaría el día entero, y otro cuyo llanto en la habitación de al lado me encoge el estómago?
Mi médico de cabecera me dijo una vez, medio en serio medio en broma, que el papel de los abuelos está demasiado idealizado, como si el amor incondicional llegara automáticamente solo porque existe un vínculo de sangre. Esa frase me tranquilizó por un momento, pero después la vergüenza me atravesó con más fuerza. Porque sé que Martín es inocente. No ha hecho nada malo, simplemente es distinto de Lucía: más ruidoso, más terco, y en mí eso no allana el camino, sino que genera tensión.
El mes pasado mi hija me preguntó por qué nunca llevo a Martín solo a tomar un helado, como sí hago con Lucía. No supe responder sin rodeos, solo dije "cuando sea más mayor", aunque sabía que era pura postergación. Esa noche me quedé un buen rato frente al espejo del baño, intentando recordar cuándo empezó todo esto, pero no encontré un momento exacto. Quizá ni siquiera existe ese momento, solo pequeñas grietas que con el tiempo se convirtieron en un abismo.
A veces pienso que tal vez la culpa es solo mía, que no lo dejé acercarse lo suficiente porque temía que Lucía sintiera celos si yo tenía dos favoritos. Otras veces creo que simplemente nuestras personalidades no encajan, como pasa a veces entre adultos que nunca terminan de entenderse, solo que eso con un niño no debería decirse en voz alta. Ninguna explicación resuelve nada, solo dan vueltas dentro de mí.
Ayer Martín dibujó un cuadro: un sol enorme y, debajo, dos figuras, él y yo, cogidos de la mano. Me lo dio y me dijo que era para el día en que lo lleve a tomar un helado. Lo guardé en el bolso y, durante todo el camino a casa, no dejé de preguntarme si algún día seré capaz de mirarlo como él ya me mira a mí.
¿Es normal querer más a un nieto que a otro?
Es un sentimiento que muchos abuelos experimentan pero casi nadie confiesa. Como refleja esta historia, el vínculo no siempre surge de forma automática solo por el lazo de sangre, aunque reconocerlo genere una enorme culpa.
¿Significa esto que soy una mala abuela?
No sentir la misma conexión no equivale a no querer. La protagonista sufre precisamente porque le importa, y esa culpa demuestra que sigue intentando acercarse a su nieto.
¿Los niños notan cuando hay un favorito?
Sí. En este relato, el pequeño de seis años ya percibía la diferencia y llegó a preguntar por qué no lo abrazaban igual, aunque todavía no supiera expresarlo con palabras.
¿Por qué cuesta tanto hablar de este tema?
Porque choca con la idea idealizada de que los abuelos aman a todos sus nietos por igual. Ese tabú hace que muchos, como la autora, prefieran callar antes que enfrentarse al juicio ajeno.











