Tenemos una ventaja generacional rara y poco reconocida. No es algo llamativo ni un trend de TikTok, pero existe y es real. Somos nosotros – más o menos la generación Y –, quienes aún recordamos el mundo analógico, pero entramos temprano en lo digital para no solo usar la tecnología, sino entenderla. Y eso, justo ahora, en la era de la IA, cuenta mucho.
Aún estuvimos ahí cuando la computadora no era algo obvio. Cuando había que marcar el teléfono. Cuando para ver una película había que ir a la videoclub. Y fuimos quienes explicamos a generaciones mayores qué es un correo electrónico, a dónde va un archivo al guardarlo y por qué no es buena idea desconectar un USB "así nomás".
Ahora, décadas después, estamos en el mismo rol, pero hacia los más jóvenes. Les explicamos a los que entran al mundo laboral cómo funciona Windows, dónde está el explorador de archivos, qué es el escritorio y por qué importa dónde guardas algo. Los “nativos digitales” muchas veces son en realidad nativos de apps: rápidos, intuitivos, pero solo cuando todo está bonito, ordenado y con íconos.

Nosotros seguimos siendo críticos con la tecnología
La diferencia no está en quién es más hábil. Está en que aprendimos que la tecnología no es magia. Es un sistema con errores, lógica y consecuencias.
Y ese conocimiento es lo que nos hace menos vulnerables a la IA hoy.
Veo cada vez más entre jóvenes conocidos que la inteligencia artificial se vuelve casi un oráculo. Preguntan cualquier cosa – legal, salud, profesional, moral – y toman la respuesta como verdad absoluta. Incluso cuando la afirmación es claramente errónea, ilógica o basada en datos falsos, y una búsqueda rápida lo desmiente.

Nosotros nos quedamos rascándonos la cabeza, porque sentimos que algo no cuadra. No porque seamos más inteligentes, sino porque estamos acostumbrados a que la tecnología falle. Que la máquina no lo sabe todo. Que algo dicho con seguridad puede ser una tontería.
Porque vivimos en un mundo donde no todo estaba a un clic, sino que se accedía con pensamiento crítico.
Irónicamente, otra vez somos nosotros quienes intuimos lo que pasa a nuestro alrededor. No tememos a la IA, pero tampoco la adoramos. La usamos, pero cuestionamos. No verificamos por desconfianza, sino porque entendemos cómo funciona.
Y otra vez estamos en una posición incómoda, observando a otros: a los mayores que la temen por reflejo, a los jóvenes que la creen sin cuestionar. Nosotros estamos en medio, tratando de explicar que es una herramienta. Muy poderosa y útil, pero que no piensa por nosotros.
Quizá esto tampoco dure mucho. Quizá en unos años esta ventaja desaparezca. Pero por ahora está aquí. Y tal vez conlleva una responsabilidad. Porque si hay una generación capaz de entender y dudar de la tecnología a la vez, somos nosotros. Y depende de nosotros pasar esta habilidad o perderla con nosotros.











