Antes sentía que estaba completamente sola con todo esto. Hoy sé que muchos caminamos por el mismo camino, aunque rara vez lo hablamos. Comparto esta historia porque si alguna vez te sientes sola con tus pensamientos, miedos o compulsiones, quiero que sepas que no estás sola. Ver que otros también pasan por lo mismo puede hacer que todo sea un poco más fácil.
No recuerdo un momento en mi vida en que no tuviera alguna compulsión, como tocar una puerta o manija una y otra vez mientras cuento las veces. Desde niña viví con reglas propias, como si así pudiera controlar el mundo.
Mi mente elegía “números de la suerte” y si algo no encajaba, entraba en pánico.
De niña estaba convencida de que si no tocaba algo seis veces, alguien de mi familia moriría y quedaríamos cinco. Por eso el número cinco tenía un significado muy negativo para mí. Pero no solo importaban los números, también con qué pie salía de una habitación o cómo cruzaba un umbral. Si lo hacía “mal”, me obsesionaba pensando que algo malo pasaría.
Hubo veces que tuve que tocar algo cientos de veces para calmarme. No podía seguir hasta terminar el ritual.
Mi familia intentaba tranquilizarme, repitiendo que nada malo pasaría, pero no funcionaba. Al crecer, la situación empeoró: llegaba tarde o me perdía eventos. No visitaba amigos, no dormía en sus casas y ni siquiera iba a excursiones escolares. Inventaba excusas para no mostrar mis compulsiones. Era como vivir una vida secreta que nadie veía.
Cuando un terapeuta finalmente dijo que tenía TOC, no me sorprendió, solo pregunté: “¿Esto mejorará alguna vez?” En ese momento recibí poca ayuda, así que aprendí a convivir con mis miedos.

Adultez, familia y recaídas
Más tarde trabajé en moda, pero el TOC tomó nuevas formas. Temía quedarme encerrada en un baño, así que dejaba la puerta abierta. Que alguien entrara era menos aterrador que la idea de estar atrapada. Evitaba los ascensores y volar me generaba mucho estrés. Quedó claro que esto frenaría mi carrera.
A los treinta conocí a mi esposo y formamos familia rápido. Él entendía porque también luchaba con ansiedad, nunca me juzgó. Cuando quedé embarazada, dejamos los medicamentos porque estábamos felices y pensé que sería suficiente. Viví así diez años, con tres hijos, buscando siempre caminos alternativos. Por ejemplo, si debía usar el ascensor, prefería subir escaleras aunque fuera difícil.
Una vez le pedí a un extraño que subiera a mi hija en el ascensor mientras yo subía caminando.
Ahora sé lo desesperada que estaba.
Por mucho tiempo parecía que funcionaba esta adaptación, pero en realidad solo estaba postergando el problema. Hace unos años todo se derrumbó. Tuve un colapso nervioso, invadida por miedos sobre la seguridad de mis hijos y los peligros del mundo. Las compulsiones volvieron sin traer alivio. Contaba y vigilaba cada movimiento, incapaz de concentrarme en otra cosa. Fue el momento más oscuro de mi vida, sentí que perdía el control por completo.

Sanación y convivencia con el TOC
Finalmente pedí ayuda y comenzó un proceso largo y agotador para encontrar el medicamento adecuado. Probé varios tratamientos, muchos no funcionaron o causaron efectos secundarios fuertes. Hubo semanas difíciles tras cada cambio. Fue un tiempo muy duro, lleno de incertidumbre constante. Pero al final encontré un médico excelente y logramos ajustar el tratamiento. Ahí empecé a sentirme realmente mejor.
Hoy estoy mucho más estable, aunque el TOC no ha desaparecido del todo. Puedo subir a un ascensor y cerrar la puerta del baño, algo impensable antes. A veces vuelven los miedos antiguos, como desconfiar de una cerradura, pero ahora sé cómo manejar esas situaciones. He aceptado que es una enfermedad y que necesito ayuda. Eso me ha dado la mayor paz.
A veces antes de dormir siento la necesidad de revisar a mis hijos otra vez, como si eso los protegiera, pero trato de ser amable conmigo misma. He descubierto que muchos padres sienten preocupaciones similares, aunque no tan intensas.
Hoy trato de canalizar mi TOC hacia algo positivo: lancé mi propia marca de jeans y pongo mi obsesión en mi trabajo. Por ejemplo, puedo perfeccionar un detalle pequeño durante mucho tiempo, lo que es una ventaja para mi negocio. Sé que probablemente viviré con esto siempre y debo estar atenta a los detonantes. Pero ya no me siento sola, y eso es lo más importante que ha cambiado en mi vida.

¿Qué hacer si estás en una situación similar?
Si te viste reflejada en esta historia, lo más importante que quiero que recuerdes es que no estás sola y no eres “rara”. Estos pensamientos y compulsiones son muy reales, y mucha más gente los enfrenta de lo que imaginas.
Busca ayuda, ya sea con un profesional o hablando con alguien de confianza. No tienes que resolverlo todo sola. Aunque no desaparezca por completo, sí puedes aprender a vivir con ello sin que controle tu vida.
Date tiempo y sé paciente contigo misma. Ser un poco más amable contigo y reconocer lo que pasa dentro de ti ya es un gran paso.











