Durante años se dijo que eran los hombres quienes se cerraban, quienes esquivaban las conversaciones profundas y desaparecían justo cuando la relación se ponía seria. Pero algo está cambiando. Cada vez más mujeres reconocen que también ellas han aprendido a mantener las distancias emocionales.
Este es el testimonio en primera persona de una mujer que decidió dejar de abrirse. ¿Autodefensa o cicatriz sin cerrar? Juzga tú mismo.
La fórmula de siempre
Estoy en mi escritorio. Todos se han ido ya de la oficina. Preparo una presentación. La he hecho cientos de veces, me sale de rutina, pero aun así me gusta tenerlo todo controlado, no vaya a ser que una pregunta suelta me deje en evidencia.
En el móvil, tres mensajes de mi pareja actual. El de la mañana: "¡Espero que tengas un buen día!". El de la tarde: "Imagino que estás liada…". Y el de la noche: "¿Sigues viva?".
Todavía no he contestado y, conociéndome, hoy ya no lo haré. Prefiero llamarlo mañana después de la reunión y pedirle disculpas. Y él, o lo deja pasar, o rompe conmigo como los demás. En cada relación nueva me prometo que no me comportaré así, que seré una novia atenta, que "estaré presente"… y siempre acaba igual.
Siempre lista para irme
Por alguna razón, nunca creí en el amor eterno. Ya de joven no me parecía "sostenible". Para mí, toda relación se agota tarde o temprano y uno sigue su camino. Volvemos a amar, y eso también pasa.
En cada relación estuve siempre con las maletas emocionales hechas, lista para despedirme en cualquier momento.
Lo que me enseñó la experiencia
Muchos jugaron con mis sentimientos y usaron en mi contra lo que les había confiado. Así que decidí que ya estaba bien, que hasta ahí había llegado.
Estoy orgullosa de no haberme roto, sino de haberme convertido en una mujer fuerte a la que ningún hombre volverá a tomar por tonta. Se está un poco más sola así, sí, pero al menos estoy a salvo de otro batacazo doloroso.
¿Cuál es la queja?
Ya me han dicho varias veces que soy una reina de hielo y sinceramente no entiendo cuál es el problema. Puede que no sea una pareja mimosa ni empalagosa, pero tampoco soy una histérica. No hago dramas, no lloro y nunca grito.
Eso no significa que nunca me sienta estresada o frustrada, pero incluso cuando algo me molesta, mantengo la calma. Que no lo muestre no quiere decir que no sienta nada; simplemente no creo que a nadie le sirva de mucho que uno suelte sus emociones sin control.
Ojalá algún día encuentre a un hombre que valore esta cualidad en mí.
No merece la pena
Yo siempre di y di, y a mí siempre me quitaron. Me rendí: ahora prefiero no dar tampoco.
La raíz del problema
No es culpa mía haberme vuelto así. Mi madre murió cuando yo era pequeña, mi padre nos abandonó, a mi hermano nunca le importé y me criaron unos abuelos muy estrictos, en cuya casa no existía eso de abrazarse o darse un beso: solo disciplina dura.
Nunca tuve la oportunidad de abrirme a nadie, así que ni siquiera sé cómo se hace…
Y aquí es donde muchas historias como esta se cruzan: lo que aprendimos de niños sobre el afecto marca, sin que lo notemos, la forma en que amamos de adultos.
La armadura
Con mi primer amor estuve ocho años —pensé que sería mi marido— hasta que me dijo que todavía "quería vivir" y se largó. De aquella depresión me sacó mi segundo gran amor, que me dejó tras tres años juntos porque se había enamorado de otra.
Con el tercero ya fui más cauta, pero al final se ganó mi confianza y ya estábamos planeando la boda cuando decidió aceptar un trabajo en el extranjero y desaparecer de mi vida. (No pude irme con él porque cuidaba de mi madre, enferma y mayor.)
Así fue como llegué a poner punto final a la "vulnerabilidad" y a jurarme que nunca más desnudaría mi alma ante nadie.
Acostumbrada a la soledad
He tenido relaciones más largas y más cortas, pero no he vuelto a sentir una "conexión" de verdad desde los 34 años, es decir, desde hace casi cinco. Y he llegado a un punto en el que ya ni siquiera lo echo especialmente de menos.
Tengo un compañero de trabajo (casado) con el que a veces me acuesto, y ya está; no necesito más de los hombres. Me he acostumbrado a estar sola y ya no extraño que alguien respire a mi lado en la cama, que me coja la mano por la calle o que me bese cuando cruzo la puerta al llegar a casa.
A los veintitantos no habría podido imaginar una vida en la que, en lugar de ver una película acurrucada con un hombre, mi "compañía" fuera una copa de vino o un poco de chocolate. Pero ya no lo vivo como una tragedia. Estoy bien así.
¿Ser emocionalmente inalcanzable es lo mismo que ser fuerte?
No siempre. A veces la aparente fortaleza es en realidad una armadura construida para no volver a sufrir. Mantener la calma está bien, pero cerrarse por completo suele nacer del miedo, no de la seguridad.
¿Por qué algunas mujeres evitan la intimidad emocional?
Como muestra este testimonio, muchas veces detrás hay experiencias tempranas sin afecto y relaciones que terminaron en decepción. Con el tiempo, el distanciamiento se convierte en un mecanismo de defensa.
¿Se puede aprender a abrirse de nuevo?
El texto no ofrece una fórmula, pero deja claro que reconocer el patrón es el primer paso. Entender de dónde viene ese muro es, muchas veces, lo que permite empezar a bajarlo.











