¿Te ha pasado que por fin llega ese esperado descanso y solo te quedas sentado sin saber qué hacer contigo mismo? ¿Conoces esa sensación extraña y un poco inquietante de no tener nada que te apure?
Este verano fue diferente para mí. La rutina fue que mi hija pasó 2 semanas en casa con nosotros y 1 semana en campamento, repitiéndose este ciclo tres veces seguidas. Como puedo organizar mi trabajo con flexibilidad, durante las semanas de campamento trabajé casi día y noche para adelantar mis tareas. Así que tuve 3 semanas completas en verano sin trabajo — al menos nada relacionado con él.
La casa estaba limpia, las playas visitadas, hubo conciertos, eventos y planes en familia para todos. Y de repente me encontré en un tiempo muerto: sin trabajo, sin pendientes, sin listas urgentes. Solo yo, en mi totalidad.
El silencio que al principio me asustó
Desde que tengo memoria, nunca me había permitido tanto “no hacer nada”. Antes siempre buscaba algo que hacer — aunque fuera poner una lavadora o preparar una cena caliente, sin pensar que solo estaba buscando una tarea extra. Pero esta vez fue distinto. No solo descansé o relajé unas horas, sentí que la vida se detenía a mi alrededor.
Quizás por el silencio repentino tras tanto trabajo, me sentí varias veces desmotivada y agotada. Era como si algo quedara atrás, pero no sabía qué venía después. ¿Vendrá algo? Flotaba en un espacio intermedio con una sensación de crisis de identidad en el pecho. Tal vez mi cumpleaños próximo también pesaba, pero sobre todo, que mis últimos 5 años tomaron un rumbo distinto al que había planeado.
Cuando la deriva se convierte en camino
Hace 5 años terminé una formación especializada en dieta vegetal y estilo de vida vegetariano, pensando que seguiría ese camino como periodista especializada. En cambio, escribí un libro que desató una avalancha inesperada. Di consultas, me convertí en profesora en dos escuelas, recibí colaboraciones profesionales y ofertas de trabajo sin siquiera buscarlas.
Entré en una carrera que muchos consideran ideal, aunque nunca la había deseado. Me dejé llevar, aproveché oportunidades y aprendí mucho, especialmente en la enseñanza, donde conocí gente maravillosa. Incluso de las tareas “obligatorias” saqué aprendizajes. Pero en este espacio silencioso, apareció claro el sentimiento: es hora de volver a lo que originalmente quería.
Un currículum y la energía que hay detrás
Hace 13 años que no tenía un currículum, así que una noche me senté y lo hice. No me apresuré ni a escribirlo ni a enviarlo, pensé que decidiría a dónde enviarlo al final del verano, dónde podría aportar valor como freelance con mis conocimientos.
Tres días después sonó mi teléfono: un conocido — con mi permiso posterior — me recomendó para un lugar justo donde me necesitaban. ¿Coincidencia? Tal vez. Pero fue como si el silencio que me asustó al principio me hubiera devuelto a mi camino sin que yo hiciera nada más que reflexionar.
El terreno fértil del no hacer nada
Desde entonces veo el no hacer nada de otra manera. No como vacío, sino como fuente. Un terreno donde puedo escuchar de nuevo lo que realmente quiero. Porque aunque creemos que el silencio es vacío, en realidad guarda nuestro conocimiento más puro. Cuando soltamos la actividad constante y el deseo de demostrar, emerge lo más vivo en nosotros.
Quizás por eso mi vida se desvió de mis planes originales: estaba tan inmersa en el impulso que no escuchaba lo que el silencio me susurraba. Pero ahora, al detenerme, pude recordar hacia dónde quiero ir.
No sé si esta nueva colaboración será el destino final o solo una parada más. Pero sé que este verano, este tiempo de no hacer nada, esta “tormenta en el silencio” fueron necesarios para llegar aquí. Y tal vez esta historia es un recordatorio: a veces los cambios más grandes llegan no cuando los perseguimos, sino cuando simplemente les damos espacio.











