Criar a un preadolescente a veces se siente como subirse a una montaña rusa: un momento todo es tranquilo y pacífico, y al siguiente llegan curvas impredecibles, caídas y giros inesperados.
Mientras avanzamos a toda velocidad, una idea no nos abandona: ¿cómo podemos ayudar a nuestros hijos preadolescentes a no perderse a sí mismos en esta etapa llena de cambios y confusión, sino más bien a descubrir quiénes son realmente?
Creo que el papel de los padres no es eliminar todos los obstáculos del camino —eso no es posible ni ayudaría al desarrollo de su personalidad. Más bien, el objetivo alcanzable es crear un entorno seguro donde puedan probarse, equivocarse y aprender a levantarse. Lo más importante es que el niño sienta que siempre tiene un lugar al que volver, sin importar las decisiones que haya tomado. Esa base estable les da el valor para buscar su propio camino.
Las conversaciones abiertas son clave: no basta con preguntar "¿qué tal en la escuela?"
Por experiencia sé que la pregunta “¿Cómo estuvo la escuela hoy?” rara vez recibe una respuesta significativa. Por eso prefiero hacer preguntas abiertas, como: “¿Cuál fue la tarea más difícil del examen?” o “¿Tuviste algún conflicto con tus amigos? ¿Cómo lo resolvieron?”
He notado que estas preguntas generan conversaciones más profundas, donde entiendo mejor cómo piensa mi hija mientras ella aprende a expresarse. A veces no es fácil escuchar respuestas sinceras con el corazón de madre, pero justo eso fortalece la confianza entre nosotros y la ayuda a hablar sobre sí misma, sus sentimientos y experiencias. Las preguntas abiertas no solo mejoran la comunicación, sino que también enseñan a los niños que sus emociones y pensamientos tienen un lugar y valor diario. Esto es la base para que más adelante se acepten y defiendan con confianza.

Es fundamental acompañar con empatía los cambios externos
He notado que los preadolescentes a menudo compiten consigo mismos y aún más con los demás, criticándose casi como un deporte. Mi hija también empezó a compararse físicamente con otros, incluso conmigo. En esos momentos le recuerdo que esto no es una competencia y que entre nosotros no hay rivalidad. La belleza es algo relativo, muchas veces ni siquiera sabemos por qué nos atrae alguien.
Ante estas autocríticas, el apoyo de los padres es clave. No se trata de decir “eres la más hermosa”, sino de que el niño aprenda que su valor no viene de su apariencia, sino de quién es en esencia. Nuestro aspecto cambia constantemente, no podemos basar la confianza en eso a largo plazo.
Equilibrio entre dificultades y fortalezas
Mi hija es una líder nata y siempre quiere tener la última palabra. Por eso pongo especial atención en esta área y practicamos el respeto por los compromisos y límites. Le muestro que ceder espacio a otros no la debilita, sino que muchas veces la impulsa a avanzar y alcanzar metas mayores.
También me aseguro de que reciba reconocimiento por sus fortalezas, porque en esta etapa es fundamental equilibrar la experiencia de límites con el énfasis en sus cualidades. Así aprende que puede equivocarse y estar vulnerable, pero que tiene talentos valiosos y siempre los tendrá.
Pertenecer a un equipo: autoconocimiento en movimiento
Como cada año, este también fue importante que mi hija se inscribiera en una actividad extraescolar relacionada con el deporte y el movimiento. Cuando retomó la danza, me alegré: aprende a adaptarse a otros mientras expresa su personalidad. En los ensayos debe prestar atención a los demás, ser paciente con quienes avanzan más lento, pero también mostrar su individualidad.
El movimiento en grupo y el trabajo en equipo son de los mejores espacios para el autoconocimiento. Aquí los niños experimentan que forman parte de un todo y aprenden lo valioso que es su aporte individual, un momento clave para construir su identidad.
Confianza accesible desde el fondo
Desde muy pequeña le permito probar cosas por sí misma, lo que en más de una ocasión ha causado sustos a toda la familia. La situación no ha cambiado mucho, pero ahora tiene mucha más responsabilidad que cuando tenía dos o tres años. A menudo prepara su cena sola, cada vez más se encarga de salir a tiempo por la mañana y, por supuesto, de anotar y traer las tareas.
Aun así, veo que muchas veces confío más en ella y en sus capacidades que ella misma. Por eso intento quedarme más en segundo plano y darle espacio para practicar. Creo que la confianza que les damos se convierte con el tiempo en una fuerza interior. Aprenden que pueden resolver situaciones solos y que está bien equivocarse porque siempre habrá alguien a quien pedir ayuda.
El camino del autoconocimiento nunca es corto ni cómodo, y no hay un momento para decir “ya estoy, me conozco”. Así como nosotros, los adultos, seguimos cambiando y aprendiendo, nuestros hijos siempre tendrán algo nuevo que descubrir en sí mismos.
Como padres, el mayor regalo que podemos dar no es eliminar cada curva, sino prestar fuerza y valor desde el fondo para que vuelvan a intentarlo una y otra vez. Porque la lección más importante que aprenderán es: ¡pueden hacerlo!











