“¿Ya se fue otro año?” En 2025 enfrenté mis traumas relacionados con el paso del tiempo.
A principios de 2025 me di cuenta de que casi todas mis conversaciones, en círculos de mujeres o en constelaciones familiares, terminaban en el mismo tema: el paso del tiempo. Esa sensación de haber superado algo que no quería dejar atrás, de perder el control, o de que el tiempo es demasiado rápido, implacable y definitivo. No sabía entonces que ese año no solo traería pérdidas tangibles, sino que para el siguiente aniversario mi relación con el tiempo sería completamente distinta.
Cuando los años que se van toman forma
Mi ansiedad por el tiempo se concentró especialmente en una situación concreta: la presencia de mi perrito mayor, que ya tenía canas. Mes a mes necesitaba más cuidados, medicinas y atención, y yo sentía constantemente que “se escapaba otro día” que nunca volvería a compartir con él. Podía casi tocar cómo el tiempo volaba, y que cada instante no vivido con plena conciencia se perdería para siempre. Intentaba estar presente lo máximo posible, atesorando los paseos que cada vez eran menos, las tardes tranquilas y los gestos cotidianos.
Prácticamente me entrenaba para la despedida.
Tanto que cuando llegó “ese día”, pude recibir la despedida casi como a un viejo conocido. Fue a la vez esperado e inesperado. Con una fría conciencia acepté los hechos mientras todo dentro de mí se desmoronaba. Comprendí entonces que el dolor del paso del tiempo no solo está en el momento de la pérdida (y mucho después), sino que comienza mucho antes: en la ausencia anticipada, en el duelo por un futuro que ya no será.

Los traumas suelen estar ligados a pérdidas concretas, pero el paso del tiempo también puede intensificar otro tipo de vacío. Por ejemplo, cuando en tu cumpleaños o fin de año miras atrás y te preguntas: “¿qué hice en estos últimos 12 meses?” Si no ves avances claros, puede surgir la sensación de que tu vida pasa de largo y tú solo eres un espectador, no un actor con poder para cambiarla.
¿Por qué se distorsiona nuestra percepción del tiempo?
Para entender lo que me pasaba, empecé a investigar cómo funciona nuestra percepción del tiempo. Descubrí que la expresión “percepción del tiempo” es engañosa, porque el tiempo no es algo que nuestro cerebro pueda captar directamente. No hay “partículas de tiempo” como la luz o el sonido. El cerebro no siente el tiempo, sino que lo deduce a partir de los cambios.
Estimamos el tiempo transcurrido sumando todo lo que nos ha pasado. Cuantos más estímulos, eventos o emociones, más largo parece el periodo. Por eso los testigos de accidentes cuentan que el tiempo se ralentiza: la atención intensa crea recuerdos “densos” que, al recordarlos, “alargan” ese momento. Por ejemplo, todavía recuerdo perfectamente cuando de niño me caí de un caballo. Recuerdo el susto, cómo el caballo saltó a un lado mientras yo caía “lentamente” de espaldas, casi tocando el suelo, y luego jadeaba por aire durante minutos.
¿Por qué los años vuelan mientras los días se arrastran?
Es clave diferenciar cómo medimos el tiempo retrospectivamente y cómo lo vivimos en el momento. Cuando esperamos en una sala y miramos el reloj, el tiempo parece infinito. Pero cuando estamos ocupados en algo —no tiene que ser divertido, solo que requiera atención— el tiempo vuela. Esto explica esa extraña sensación de que:
Los días laborales parecen eternos, pero los años pasan en un abrir y cerrar de ojos.
Además, de niños todo es nuevo: el primer día en el jardín, el primer amor, la primera pelea con amigos, el primer trabajo. Estas experiencias dejan huellas profundas, pero de adultos la rutina domina la mayoría de nuestros días. La rutina es segura para el cerebro, pero también aburrida: el momento se ralentiza, pero la repetición deja menos marca — y al mirar atrás, los años parecen disolverse en la nada.

¿Se puede trabajar el tiempo?
No puedo decir que haya superado por completo mis traumas con el paso del tiempo, pero cada vez lo veo más como un marco. Siento que el tiempo —por más cruel que parezca— es una construcción humana. No es mucho consuelo en medio de las pérdidas, pero ayuda a poner en otra perspectiva las heridas que trae el paso del tiempo.
En una terapia de autoconocimiento viví una experiencia muy poderosa para avanzar en este proceso. En un ejercicio grupal, cada persona trabajaba su trauma sin saber qué proyectaba el otro (y viceversa). Mi “elegido” representaba a un ser querido que temía perder. Pero él siempre me cuidaba, siempre encontraba el camino de regreso a mí. Empecé a calmarme, sentí que ese extraño sentimiento de pérdida se disolvía, cuando alguien se interpuso entre nosotros y no nos veíamos claramente. Sin embargo, yo sabía que estaba ahí. Fue entonces cuando comprendí: quizá no siempre nos veremos, quizá no siempre podremos tocarnos físicamente, pero nuestra conexión trasciende las leyes humanas y naturales, y existirá más allá del tiempo y las circunstancias.
Así que mis traumas con el tiempo no han desaparecido, pero ya no espero de mí misma no sentir ansiedad por la despedida. Hoy dejo espacio para que haya momentos dolorosos, para que afloren las ausencias, y también para sentir que las circunstancias me sostienen o me llevan adelante casi sin darme cuenta — hacia el infinito.











