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¿Por qué me asusta cuando todo va bien? Así convivo con el trauma que no me deja descansar

Schuster Borka4 min de lectura
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¿Por qué me asusta cuando todo va bien? Así convivo con el trauma que no me deja descansar — Estilo de vida

Hay un momento extraño que se repite en mi vida una y otra vez. Todo va bien: no hay ningún problema concreto, ningún plazo urgente, ningún conflicto. Y, sin embargo, en algún lugar profundo de mí, la ansiedad sigue ahí. Una sensación silenciosa pero persistente de que esto no puede durar mucho. De que algo malo está a punto de pasar.

Durante mucho tiempo no lo entendí. Pensaba que simplemente era demasiado aprensiva, o que era incapaz de disfrutar lo bueno. Incluso me avergonzaba un poco: ¿cómo era posible que justo cuando todo estaba tranquilo, yo no pudiera estarlo?

Con el tiempo, el cuadro fue tomando forma. Me di cuenta de que esa sensación no hablaba del presente, sino del pasado. No era que "algo estuviera mal", sino que mi cuerpo y mi sistema nervioso seguían funcionando como si el peligro pudiera llegar en cualquier momento.

Como si la calma no fuera un estado seguro, sino una pausa temporal entre dos momentos de tensión.

La primera vez que me lo dije en voz alta —que quizás era mi trauma de infancia actuando dentro de mí— fue, curiosamente, una mezcla de miedo y alivio. Miedo porque tuve que reconocer que no era solo "un mal hábito", sino algo más profundo. Pero también alivio, porque por fin había una explicación.

Empecé a observar esos momentos

Me di cuenta de que en esos instantes no aparecen pensamientos concretos, sino un estado corporal. Estoy más tensa, me cuesta relajarme, como si estuviera en alerta permanente. Y a partir de ahí, mi mente empieza a fabricar historias rápidamente: qué puede salir mal, qué va a fallar, dónde está el problema.

Con el tiempo, ese carrusel emocional se volvió muy predecible. Si todo iba bien, casi automáticamente empezaba a buscar qué no iba bien. Como si no pudiera creer que la calma duradera fuera posible.

Pero desde el momento en que lo reconocí, también supe que podría aprender a detenerlo, aunque primero necesitara trabajar en algunas cosas. Una de las lecciones más importantes fue aprender a distinguir entre el presente y el pasado. Suena sencillo, pero en la práctica no lo es. Porque cuando esa sensación se activa, es muy convincente. Se siente completamente real.

En esos momentos intento detenerme un instante y repasar: ¿qué está pasando ahora, realmente? ¿Hay un peligro real? ¿O simplemente ha vuelto un estado interno conocido? No siempre consigo "apagar" esa sensación de inmediato, pero ya ayuda mucho reconocerla: no estoy reaccionando necesariamente al presente, sino a una amenaza que ya no existe.

También me ayudó aprender a relacionarme de otra manera con la calma. Antes, cuando todo iba bien, casi por reflejo empezaba a preocuparme por adelantado, y me lo justificaba diciéndome que solo estaba preparándome para cualquier eventualidad.

Hoy intento ser consciente de la diferencia entre pensar con anticipación y no disfrutar el momento por preocuparme de algo que aún no ha ocurrido, y que quizás nunca ocurrirá.

Claro que no siempre lo consigo. Hay días en que esa sensación me arrastra y me cuesta salir de ella. Pero ya no me asusta tanto como antes. Ya no pienso automáticamente que "tengo razón" y que algo malo va a pasar.

Y, poco a poco, muy despacio, he empezado a experimentar algo nuevo: que la calma no tiene por qué ser un estado pasajero. Que se puede vivir sin esa alerta constante. Que el silencio no anuncia ninguna tormenta, sino que a veces es, simplemente, silencio. Y esa es una idea que quiero hacer cada vez más mía.

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