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Acoso disfrazado de broma: ¿Qué hacer si un acosador aparece en nuestro círculo?

Schuster Borka4 min de lectura
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Acoso disfrazado de broma: ¿Qué hacer si un acosador aparece en nuestro círculo? — Estilo de vida

Cuando pensamos en la palabra “bully”, muchos imaginamos un pasillo de escuela primaria: un niño ruidoso que quita la merienda, se burla, empuja o se ríe de otros. Tendemos a creer que es algo de la infancia que superamos. Pero no siempre es así. Solo que puede tomar formas más sutiles.

En grupos de adultos también aparece alguien que se alimenta de poner a otros en situaciones incómodas. No siempre grita ni es abiertamente agresivo. A menudo parece divertido. “Solo está bromeando.” “Es su estilo.” “No te lo tomes tan en serio.” Y ahí está el peligro.

El acoso en la adultez suele venir disfrazado de humor

Comentarios cínicos, bromas pasivo-agresivas, frases tipo “solo soy honesto”. O está quien no acepta las decisiones ajenas: insiste en que tomes un trago cuando dices que no; presiona con su idea hasta que todos ceden; se ofende si alguien quiere irse temprano. “¿Qué pasa, tu pareja te tiene con la correa corta?” — se ríe, y ya puso a su objetivo en una situación donde no decide cuándo irse, donde es incómodo porque tuvo que aceptar algo con su pareja que no quería.

También están esos acosadores junto a quienes —lo digamos o no— las mujeres no se sienten seguras. Que se acercan demasiado, tocan demasiado, comentan o preguntan cosas que no les incumben. Si alguien se incomoda, se ríen y dicen “no seas tan mojigata, somos adultos”, y así logran que la culpa del malestar no sea de ellos, sino de quien se siente incómodo.

Mujer hunde la cabeza de un hombre en un pastel

Estos detalles pueden parecer pequeños, pero el patrón es lo que importa. El común denominador del comportamiento acosador es cruzar límites y luego relativizarlos cuando alguien reacciona.

Lo toma a broma. Lo gira. Hace que la otra persona se sienta demasiado sensible.

Una trampa común es que nosotros también empezamos a “jugar”. Reímos la broma aunque nos incomode. No decimos nada para evitar escenas. Nos convencemos de que “no es para tanto”, “seguro no lo hizo con mala intención”. Pero así, sin querer, legitimamos ese comportamiento. Al participar —incluso pasivamente— enviamos el mensaje: esto está permitido.

Pero no está bien

No solo es dañino a nivel individual, sino que también envenena la dinámica grupal. La presencia del acosador cambia el ambiente: empezamos a cuidar lo que decimos, dónde nos sentamos, cuándo nos vamos. Con el tiempo, ni siquiera necesita hacer nada, porque nos adaptamos sin presión — él toma el control.

Cojín sonriente con sonrisa burlona en un sillón amarillo

El primer paso es reconocerlo. No toda persona desagradable es un acosador, pero si alguien constantemente cruza límites, eso no es estilo, es un problema. Fíjate no solo en lo que dice, sino en cómo afecta con sus palabras y presencia. Si en su presencia varios se tensan, callan o luego se disculpan, es una señal de alerta.

El segundo paso es poner límites. No siempre implica confrontación fuerte. A veces basta una frase tranquila y clara: “No hagas eso.” “Esto no es gracioso.” “Te dije que no, no siento que tenga que dar explicaciones.” El acosador suele vivir de que nadie lo detenga. Cuando alguien lo hace, se desconcierta.

Y quizá lo más difícil pero esencial: apoyarnos. Si vemos que alguien es blanco, no lo dejemos solo. Una frase simple —“creo que esto no está bien”— puede hacer una gran diferencia. No se trata de heroísmo, sino de estar presentes.

No es nuestra tarea “arreglar” al acosador. Pero sí tenemos responsabilidad en qué comportamientos normalizamos en nuestros círculos. Y la paz no siempre es evitar conflictos. A veces es decir: hasta aquí llegas, no permito que sigas.

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