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Así hice las paces con mi propia ira

Schuster Borka4 min de lectura
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Así hice las paces con mi propia ira — Estilo de vida

Durante mucho tiempo pensé que la ira era algo malo. Algo que había que reprimir, de lo que avergonzarse, algo que no debía mostrarse. Pero luego entendí que en realidad la ira es una de las emociones más sinceras que podemos sentir. Solo que importa qué hacemos con ella.

Durante años cargué con mi ira, muchas veces sin saber realmente qué era ese sentimiento o de dónde venía. Solo sabía que estaba ahí dentro de mí, profundo, persistente, desde hace décadas.

Tengo muchas heridas de la infancia que arrastro de mi pasado. Situaciones aterradoras en las que nadie me prestó atención, en las que sentí que no importaba, en las que tuve que enfrentar sola cosas que de niña ni siquiera entendía bien. Esas heridas no desaparecieron al crecer. Solo cambiaron de forma: a veces se expresan en sarcasmo, otras en sensibilidad extrema, o en que una simple frase puede enfadarme desproporcionadamente.

Me tomó años de terapia y autoconocimiento entender que mi ira es en realidad una señal. Dice: “algo dolió y nadie se dio cuenta.” Y ese reconocimiento cambió todo. Porque comprendí que la ira no es mi enemiga, sino una parte antigua de mí que finalmente quiere ser escuchada.

Por todas partes escuchamos que la clave para sanar es el perdón. Que es el último paso para sentir alivio y para que el pasado quede en su lugar. Yo no creo en eso.

El perdón es un gesto hermoso, pero no es para todos

Por ejemplo, hasta hoy siento que si perdonara a quienes me fallaron en la infancia, borraría también mi dolor. Como si le dijera a la niña que fui: “ves, lo que pasó no importó.” Pero sí importó. Aunque nadie más lo hiciera entonces, para mí sí.

Si olvidara o soltara sin decir lo que pasó, borraría el mensaje más importante: que yo también importé. Que esa niña que dolía, que tenía miedo, que estaba enfadada, tenía derecho a sentir todo eso. Por eso, para mí la sanación no fue el perdón, sino aprender a convivir con mi ira sin dejar que me consuma.

Joven formando una pistola con la mano

Una vez leí: “enojarse es como beber veneno y esperar que el otro se enferme.”

Y es verdad. La ira que guardé por años empezó a destruirme a mí. No dañó a quienes me lastimaron, sino a mí, que revivía una y otra vez esos viejos dolores. Ahí entendí que debía separar la ira del perdón. Porque soltar la ira no significa absolver a nadie, sino no dejar que siga controlándome.

No podemos simplemente apagar nuestras emociones ni ordenarlas que desaparezcan. Pero sí podemos aprender a escucharlas y a manejarlas en su lugar. Ahora, cuando siento que algo me tensa por dentro, me detengo. Reconozco mi ira y la dejo existir, pero no le entrego el volante ni el control.

En cambio, le pregunto: “¿De dónde vienes? ¿Qué quieres decirme ahora?” Y casi siempre descubro que no se trata de la situación actual, sino de algo que pasó hace tiempo y que nadie quiso escuchar.

Entonces imagino a esa niña que vive dentro de mí. Que está enfadada porque tiene miedo, porque se siente impotente, porque no recibió protección. Ahora mi yo adulta se acerca a ella. No le pido que se calme. Solo estoy ahí y le prometo que ahora yo la cuidaré. No tiene que resolver la situación, no debe entrar en pánico ni liberar su ira destructiva, porque aquí estoy yo, la adulta, que sabrá qué hacer para mantenernos seguras.

Mi ira se suaviza entonces. No desaparece, pero tampoco arremete. El tigre feroz y listo para atacar empieza a jadear, se tumba y parpadea somnoliento.

La ira no es señal de debilidad. Es prueba de que tuvimos la fuerza para sentir. Y si aprendemos a domar esa fuerza, dejará de ser nuestra enemiga para convertirse en nuestra protectora, recordándonos que importamos. Siempre importamos.

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