No te imaginas el alivio que sentí cuando me liberé de mis proyectos sin cerrar.
¿Te suena esa sensación de que, aunque todo parece estar en orden, algo te tira hacia atrás? Como si muchas pequeñas cuerdas estuvieran tensas a tu alrededor, ninguna duele por sí sola, pero juntas mantienen una tensión constante…
No fue de un día para otro que comprendí que tenía que hacer algo con eso. Más bien, fue un sentimiento que creció poco a poco, una voz interna que me decía que llevaba demasiadas cosas conmigo solo porque las había empezado o porque “debería” seguir con ellas.
Para colmo, a finales del año pasado pasé más de 6 semanas en reposo absoluto, y no fue una pausa elegida tras un periodo intenso, sino forzada. Sin embargo, mientras los días pasaban y solo tenía que recuperarme y mirar al techo, empecé a hacer balance.
No me lancé a grandes revelaciones, sino a preguntas prácticas: ¿Qué hago “de más”? ¿Qué me mueve? Y sobre todo: ¿qué cargo que ya no es mío?
Pronto entendí que no me faltaban nuevos proyectos, sino que necesitaba cerrar los viejos, esos que ya no funcionaban. Los que en papel había olvidado, pero que en mi mente seguían rondando.
Al empezar el año, solo me quedaba un compromiso serio: simplificar.
Ya no quería mantener ese sistema tan disperso que había construido como emprendedora en los últimos años. No buscaba optimizar ni quería hacer nada mejor, simplemente deseaba enfocarme en menos cosas.
Cuando escribí por primera vez qué proyectos, colaboraciones y tareas secundarias ya no quería retomar, sentí cómo algo se movía dentro de mí y me animaba.
Y cuando empecé a sacar de mi agenda y mis días laborales esos compromisos de “algún día será”, el alivio fue inmediato. No gané tiempo libre extra de golpe, pero mis días se volvieron mucho más livianos y eso me quitó un peso enorme.

Lo que hacemos solo por costumbre
Durante mucho tiempo acepté muchas cosas porque amigos me pedían un favor, porque pensaba que “algún día seguro me servirán”, o simplemente porque no sabía decir que no. No me arrepiento, porque gracias a eso construí relaciones, gané experiencia, recomendaciones y oportunidades.
Pero poco a poco, cerca de los cuarenta, mis preguntas (y respuestas) ya no son las mismas que hace diez o veinte años. Ya no me interesa qué podría traer “algún día”, sino qué aporta o quita ahora.
En ese momento decidí dejar atrás los proyectos que solo seguían por inercia.
Nuestro cerebro no olvida, solo pospone
El verdadero problema no eran las tareas que debía hacer, sino las que no tocaba pero seguían flotando en el fondo. Una colaboración a medias, una idea nunca iniciada, una promesa de “volveremos a eso”. No me robaban horas activas, pero ocupaban espacio en mi mente.
Al investigar un poco, descubrí que nuestro cerebro maneja muy mal estas situaciones abiertas. Lo que no está cerrado, lo repasa una y otra vez, como recordándonos que “tienes pendiente algo”.
No es casualidad que un correo sin terminar o una conversación inconclusa pesen más que diez asuntos cerrados juntos.
La tensión no viene de tener muchas tareas, sino de tener demasiadas cosas pendientes.
Cuando cerré conscientemente esos capítulos —a veces hablando claro, otras soltándolos en silencio— no me volví más productiva o exitosa de inmediato. Pero gané espacio mental, y no supe cuánto lo necesitaba hasta dar los primeros pasos.
Sorprendentemente, también me sentí más ligera físicamente, como si no solo hubiera soltado cargas mentales.
Entendí que no siempre hay que sumar cosas a la vida, a veces hay que restar. Ya lo aplicaba en otros ámbitos, pero mis tareas laborales se habían quedado fuera. Hasta ahora.
Dejar atrás ciertos proyectos no es un fracaso
No lo veo como un retroceso cerrar lo que no funcionó o no salió como esperaba. Más bien, lo tomo como una lección aprendida y una visión más clara de lo que necesito ahora.
Cerrar ciclos no limita la vida, al contrario, abre espacio para lo que realmente importa —o simplemente asegura que por fin no haya ruido constante en nuestra mente.











