Creo que 2025 fue un año de ansiedad para muchos de nosotros. No una ansiedad explosiva o de pánico, sino esa tensión constante y silenciosa que se siente de fondo mientras intentamos vivir el día a día. En un mundo que cambia rápido, cada vez es más difícil prever qué traerá el mañana. La política nacional e internacional parece igualmente incierta, las noticias a veces son desalentadoras, otras alarmantes, y la mayoría confusas. Y todo esto no queda solo en lo abstracto: se filtra en nuestra vida personal.
En mi vida también hay muchas preguntas. No sé cuánto tiempo más tendré trabajo. No sé si el dinero que gano será suficiente. No sé cómo será nuestra vivienda a largo plazo, ni qué significa hoy en día tener un "futuro seguro". Son preguntas que antes creía que algún día tendrían respuestas tranquilizadoras. Ahora solo flotan, recordándome de vez en cuando: nada está realmente escrito en piedra.
Esta incertidumbre naturalmente genera ansiedad. A veces también miedo. Hay días en que sería fácil caer en el pensamiento de qué pasará si no llegan los trabajos, si se acaban los ahorros, si todo se desmorona de golpe. Sin embargo, aunque hay muchas preguntas sin respuesta, trato de aprender algo de esta situación. No porque sea un optimista empedernido o un maestro zen, sino porque a largo plazo es imposible vivir si vivimos con miedo constante al futuro.
Pero no funciona en todas las situaciones
No creo que ante cualquier inseguridad vital se pueda o deba "sacar lecciones".
Si alguien no sabe con qué comprarle un abrigo de invierno a su hijo o cómo poner comida en la mesa, no se trata de vivir el presente, sino de sobrevivir.

Pero en el nivel en el que estamos nosotros —donde nuestro día a día es seguro por ahora, donde no enfrentamos carencias inmediatas— la imprevisibilidad del futuro puede ayudarnos a valorar más el presente.
Me di cuenta de algo: no tengo respuestas para las preguntas del futuro. No porque no piense lo suficiente o porque planifique mal. Sino porque hay muchas circunstancias que las moldean y sobre las que no tengo control. Procesos económicos, decisiones políticas, eventos globales, elecciones de otras personas. Todo eso está ahí, y no puedo influir en ello aunque dé vueltas en la noche por pensar en ello.
El presente, en cambio, está al menos en parte bajo mi control. Depende de mí si me angustio por el futuro o si me quedo en el momento. Si noto lo bueno que es ahora un amanecer tranquilo, una cena compartida, el alivio después de terminar un trabajo.
¿Dejo que estas pequeñas y frágiles experiencias del presente cuenten, o ya las lamento por un futuro que quizá nunca llegue?
Quizá en el futuro extrañe estos días actuales. Quizá entonces diga: ojalá pudiera volver a cuando "solo" tenía estas preocupaciones. Por eso trato de quedarme aquí y ahora. No para negar la incertidumbre ni reprimir el miedo, sino para vivir también lo que el presente ofrece. No puedo controlar el futuro, pero sí el presente. Y en este mundo incierto, tal vez esa sea la tabla de salvación más importante.











