Queridas Matronas,
Pocas profesiones tienen cada día laboral lleno de momentos que transforman vidas. Pocas labores no solo están presentes en el inicio de la vida, sino que también moldean activamente cómo alguien comienza un nuevo rol. Ese es vuestro trabajo. En cada turno estáis al borde de la vida: mujeres se convierten en madres, llegan bebés al mundo, nacen familias. No es una exageración, es vuestra realidad diaria.
Como matronas, estáis ahí cuando cuerpo y alma se llevan al límite. Cuando una mujer es vulnerable y al mismo tiempo increíblemente fuerte. Cuando el miedo, el dolor, el instinto y la esperanza conviven. En esos momentos, cada palabra, cada toque, cada media sonrisa pesa el doble. Entonces no solo sois profesionales, sino también un apoyo firme que nos sostiene entre dos mundos para que no caigamos en la oscuridad.
Mi experiencia de parto estuvo marcada por mi matrona. Era valiente, relajada, pero infinitamente amable y atenta. No trabajaba con manuales, intuía lo que necesitaba en ese momento. No intentó "decirme qué hacer", ni controlar ni imponer nada. Simplemente estuvo presente, en toda su esencia.

Cuando el miedo me invadió, no empezó a mimarme ni a calmarme con frases vacías como “todo estará bien”. Sabía que en ese momento sonarían huecas. Se quedó a mi lado, tomó mi mano y solo preguntó: “¿De qué tienes miedo? ¡Lo estás haciendo perfectamente!” Esa frase no solo me tranquilizó, sino que me devolvió la fuerza. Me ayudó a creer que podía con ello. Que ese desafío que parecía imposible para mí, millones de mujeres lo superan cada día desde siempre. Yo también podía.
Más tarde, cuando ya no me quedaba fuerza para empujar, ella lo sintió. No me reprendió, no me presionó ni me apuró. Solo sonrió y dijo:
¡Ya veo su cabello! ¡Pronto usted también lo verá!
Esas pocas palabras me recordaron por qué estaba haciendo todo eso. Por qué cada dolor y cada pérdida de fuerza valdrían la pena, y cuál era la recompensa que pronto tendría en mis brazos.

Su presencia, ese respeto, esa ternura decidida, ese aliento y espacio que me dio, fueron clave para que hoy, cuando recuerdo mi parto, no piense en miedo ni dolor. Sino en sentirme una diosa.
Sé que el sistema de salud tiene muchas carencias. Sé que las condiciones a menudo son duras, las expectativas irreales y la sobrecarga constante. Como madre, solo pasamos unos días en ese sistema. Pero vosotras lo enfrentáis cada día. Por eso quiero recordaros algo: el poder que tenéis en vuestras manos.
Podéis decidir si una mujer sale de la sala de parto con una de las experiencias más hermosas o una de las más traumáticas de su vida.
Tenéis un papel decisivo en cómo comienza la relación entre una madre y su hijo. Es un poder enorme. Podéis cambiar mundos cada día.
Por favor, recordadlo, incluso en los días más difíciles. Quienes lo hacéis, miles de madres os agradecerán toda la vida. Gracias por estar ahí para nosotras.











