La lavadora es el electrodoméstico al que menos cariño le hacemos: damos por hecho que, como trabaja con agua y jabón, se limpia sola. No es así. Dentro queda humedad, restos de detergente, suavizante, pelusa, pelo de mascota y algún que otro clínex olvidado en un bolsillo, y todo eso termina formando una película en la que proliferan bacterias y moho. El aviso llega siempre igual: sacas una colada perfectamente lavada y huele a trapo mojado. La buena noticia es que recuperarla lleva una tarde tranquila y mantenerla, diez minutos al mes.
Los tres puntos donde se esconde el olor
El primero es la goma de la puerta en las de carga frontal. Levántala con cuidado con los dedos y mira el pliegue inferior: ahí se acumula agua con restos y aparecen esas manchas oscuras que parecen imposibles de quitar. Pasa un paño húmedo con un poco de bicarbonato o, si las manchas están asentadas, un paño empapado en un limpiador antimoho siguiendo las indicaciones del fabricante. Déjalo actuar los minutos que indique, retira bien y seca a fondo, porque la goma seca no cría nada.
El segundo es la cubeta del detergente. Sale entera en casi todos los modelos pulsando la pestaña central. Ponla en remojo en agua muy caliente con un chorro de vinagre blanco, frota con un cepillo de dientes viejo los recovecos del compartimento del suavizante —que es donde más costra se forma— y limpia también el hueco de la máquina donde encaja, con un paño enrollado en una cuchara de palo.
El tercero, el gran olvidado: el filtro de la bomba de desagüe, una trampilla pequeña en la parte inferior frontal. Antes de abrirlo, pon una toalla doblada en el suelo y un recipiente plano, porque sale agua. Desenrosca despacio, deja que vacíe, saca el filtro, retira la pelusa y los objetos que encuentres, enjuágalo bajo el grifo y vuelve a enroscarlo bien apretado.






