El método básico que sirve para casi todo
Llena un bol con agua tibia y una gota de jabón neutro, del que usas para los platos a mano. Deja la pieza unos minutos, lo justo para que se ablande la grasa y los restos de crema. Después pasa un cepillo de dientes de cerdas muy blandas, con movimientos cortos, insistiendo en las zonas donde se acumula la suciedad: los eslabones, la parte de atrás de un colgante, el hueco de un anillo con relieve. Aclara con agua y, esto es lo importante, seca a fondo con un paño de microfibra o de algodón suave. La humedad que se queda entre los eslabones es justo lo que vuelve a oscurecer la cadena en dos semanas.
Para terminar, frota en seco con un paño limpio. La plata se pule con el roce: ese último paso, que parece prescindible, es el que devuelve el brillo real. Si tienes una gamuza específica para joyería, mejor; si no, una microfibra limpia y sin suavizante hace un trabajo más que digno.
Cuando el oscurecimiento es serio
Si la pieza está muy negra y es plata maciza lisa, sin piedras ni perlas, funciona el baño con bicarbonato y papel de aluminio: forras un recipiente con aluminio, colocas la pieza encima en contacto con el metal, cubres con agua muy caliente y añades una cucharada de bicarbonato. La reacción transfiere el oscurecimiento al aluminio. Es rápido y eficaz, pero no es inocuo: deja la plata con un aspecto mate si abusas, y arrasa las zonas oscurecidas a propósito de las piezas con relieve o estilo antiguo, que pierden todo su dibujo.
Lo que conviene descartar: la pasta de dientes, que es abrasiva y deja microrrayas visibles a contraluz; el limón con sal y el vinagre a lo bruto, que atacan el metal y los cierres; los estropajos, aunque sean de los "suaves"; y los limpiadores de hornos o amoniaco doméstico sobre piezas con pegamento, esmalte o piedras engastadas. Las perlas, el ámbar, el coral y las piedras orgánicas se limpian solo con un paño ligeramente húmedo, nunca por inmersión.






