El colchón es el mueble que más horas usamos y el que menos miramos. Cambiamos la funda nórdica, aireamos la habitación, damos la vuelta a la almohada… y debajo sigue habiendo una superficie que lleva años absorbiendo sudor, células de piel y humedad nocturna. No hace falta obsesionarse, pero sí dedicarle una mañana dos veces al año. La diferencia se nota la primera noche.
La regla madre de todo lo que viene a continuación es una sola: no empapar. Un colchón mojado por dentro tarda días en secar y, si no seca del todo, aparece moho y un olor que ya no se va. Todo se hace con poca agua, mucha paciencia y aire.
Primer paso: aspirar como si fuera una alfombra
Quita toda la ropa de cama y lleva también el protector a la lavadora. Con el accesorio de tapicería, aspira la superficie entera haciendo pasadas lentas y solapadas, no barridos rápidos. Insiste en las costuras, en los botones y en el perímetro lateral, que es donde se acumula la mayor parte del polvo.
Si tu aspiradora tiene boquilla estrecha, úsala en los pliegues. Este paso solo es poco glamuroso, pero es el que más cambia el resultado final: si no retiras el polvo seco antes, cualquier producto húmedo lo convierte en barro.






