En casi todas las familias hay una caja o una bolsa de tela con plata dentro: cucharillas de café, una bandeja, un marco, los cubiertos que solo salían en Navidad. Y casi siempre están oscurecidos, con ese tono gris apagado que nos hace pensar que la pieza está arruinada. No lo está. Ese oscurecimiento no es suciedad, es deslustre: la plata reacciona con los compuestos de azufre del aire y se forma una capa fina en la superficie. Se quita. Y si lo haces en el orden correcto, se quita sin dejar micro-arañazos que luego se ven con la luz de la vela.
Empiezo siempre con una advertencia que ahorra disgustos: antes de nada, comprueba si la pieza es plata de ley o metal plateado. Lo segundo lleva una capa finísima de plata sobre otro metal y no admite fricción; si insistes con pastas abrasivas, te la llevas por delante y aparece el color amarillento de debajo. Si tienes dudas o la pieza es antigua y de valor, lo sensato es preguntar en una joyería antes de experimentar.
Paso uno: agua templada y jabón neutro
Parece demasiado sencillo y, sin embargo, resuelve una parte enorme del trabajo. Llena un barreño con agua templada y unas gotas de jabón lavavajillas neutro, mete las piezas y lávalas con las manos o con un paño de microfibra suave. Se va la grasa, el polvo y los restos de comida que llevan años acumulados, y verás que parte de lo que parecía deslustre era simplemente mugre.
Lo importante es el final: aclarar con agua limpia y secar inmediatamente, pieza por pieza, con un paño seco. La plata mojada al aire se mancha, y las gotas secas dejan cercos. Nunca dejes los cubiertos escurriendo solos.






