Paso dos: el baño de bicarbonato y papel de aluminio
Si después del lavado sigue el tono gris, entra el truco clásico, que funciona por una reacción química y no por frotar. Forra un recipiente con papel de aluminio, con la cara brillante hacia arriba. Coloca las piezas encima, en contacto con el aluminio. Espolvorea una o dos cucharadas de bicarbonato y cubre con agua muy caliente. Verás cómo el agua burbujea ligeramente y, en unos minutos, el deslustre empieza a ceder.
Deja actuar de tres a diez minutos según lo oscuras que estén, saca las piezas con cuidado —el agua está caliente—, aclara y seca a fondo. Repite el baño si hace falta, siempre con agua nueva. Este método es el más amable para piezas con relieves y grabados, porque llega donde el paño no entra.
Solo después, y solo si queda alguna zona rebelde, recurre a una pasta suave de bicarbonato con unas gotas de agua aplicada con el dedo y movimientos muy leves, siguiendo la forma de la pieza. Aclara y seca. En metal plateado, mejor sáltate este paso.
Lo que no debes hacer nunca
Meter la plata en el lavavajillas es el error más común: el detergente agresivo y el contacto con otros metales pueden dejarla manchada de forma permanente. Tampoco uses estropajos, polvos abrasivos ni dentífricos con gránulos: rayan y el daño es irreversible. Evita mezclar plata con acero inoxidable en el mismo agua.






