En casa hay una verdad que tardé años en aceptar: el dormitorio es la última habitación que ordenamos y la primera que se desordena. Es lógico, porque es la única que no ve nadie de fuera. Pero también es la habitación donde empieza y termina el día, y hay una diferencia enorme entre abrir los ojos frente a una silla cargada de ropa o frente a una superficie despejada. El objetivo no es tener un cuarto de revista: es tener un cuarto que se recoja en cinco minutos sin pensar.
Primero las superficies horizontales, siempre
Todo lo plano acumula. La mesilla, la cómoda, el alféizar, el radiador, el reposapiés. Antes de comprar una sola caja, vacía esas superficies por completo sobre la cama y mira lo que había: vasos, cargadores, cremas a medias, pendientes sueltos, papeles del colegio, tres libros empezados. La mayoría no pertenece al dormitorio y por eso nunca encuentra su sitio.
Devuelve cada cosa a la habitación donde se usa y quédate solo con lo que utilizas en la cama o justo al levantarte. Una mesilla sana aguanta cuatro cosas: una lámpara, un vaso o una botella, un libro y algo pequeño para lo demás (una bandeja, un cuenco, una cajita). Si hay cajón, reserva el de arriba para lo íntimo y el de abajo para lo que casi nunca tocas, no al revés.






