Durante mucho tiempo no entendí por qué sentía un nudo en la garganta cuando alguien tardaba en responder un mensaje, ni por qué necesitaba anticiparme a los pensamientos de los demás para evitar cualquier roce. Hay mucho trabajo detrás de mí —y probablemente aún más por delante—, pero con algo de ayuda llegué a una conclusión que lo cambió todo: esas reacciones son el eco de mi yo de la infancia. En los momentos de intimidad no solo está presente la adulta que soy hoy, sino también aquella niña que aprendió a adaptarse antes de aprender a confiar de verdad.
El susurro silencioso de la inseguridad en el día a día
La inseguridad nunca surge de la nada. Se alimenta de experiencias profundamente arraigadas en las que, de pequeños, nuestra sensación de seguridad se vio dañada.
Ya sea por negligencia emocional o por situaciones de daño más explícito, esas heridas —aunque invisibles— determinan cómo nos relacionamos con los demás.
Cuando en medio de una discusión levantamos un muro de silencio, o al contrario, reaccionamos con una intensidad emocional que nos sorprende a nosotras mismas, en realidad estamos intentando protegernos de un dolor antiguo. Es difícil creer que merecemos ser amadas si en nuestras relaciones más tempranas —sobre todo con nuestros cuidadores— aprendimos que el mundo no es un lugar seguro.
¿Por qué sentimos que la cercanía es peligrosa?
Durante años me convencí de que simplemente era una persona que "piensa demasiado". Luego descubrí la verdad: con mi preocupación constante mantenía viva una hipervigilancia que aprendí de niña. Lo que entonces me protegía, hoy envenena mis vínculos. No me dejaba simplemente creer que el amor puede ser estable, que no hay que ganárselo cada minuto.
Según los especialistas, uno de los legados más difíciles del trauma infantil es que nos lleva a cuestionar la confianza desde sus cimientos.
Si de pequeños experimentamos que la honestidad traía rechazo y la vulnerabilidad traía daño, de adultos desarrollamos mecanismos de defensa de forma casi instintiva.
Puede ser la retirada emocional o la supresión total de los sentimientos. Esas armaduras que un día nos protegieron hoy levantan muros entre nosotras y las personas que queremos, impidiéndonos vivir una verdadera profundidad emocional. Muchas veces sin darnos cuenta, el miedo al abandono nos lleva a sobreanalizarlo todo, o incluso a alejar a los demás antes de que puedan alejarse ellos. Esa tensión interna acaba generando exactamente la soledad que más tememos.
Los límites y la autorregulación: un camino lleno de baches
Otra de las consecuencias frecuentes del trauma es que no sabemos dónde terminamos nosotras y dónde empieza el otro. Como de niñas nuestros límites fueron ignorados una y otra vez, de adultas nos cuesta enormemente defender nuestras propias necesidades sin sentirnos culpables por ello. Caemos en la trampa de querer complacer a nuestra pareja a cualquier precio, mientras por dentro nos consume el resentimiento y el agotamiento de mantener una perfección que no es real.
A esto se suma la dificultad para regular las emociones: como muchas no tuvimos modelos saludables de gestión del conflicto, las tensiones se escalan fácilmente y ambas partes acaban sintiéndose exhaustas o incomprendidas. Me resultó impactante darme cuenta de cuántas veces dije que sí a cosas que no quería, simplemente porque mi yo de la infancia todavía temía que expresar mi opinión generara un conflicto, y que ese conflicto significara abandono.
La importancia de estar presente de verdad
Aunque no podemos cambiar el pasado, sí podemos trabajar nuestra relación con él. El primer paso —y el más importante— es el autoconocimiento: cuando empezamos a reconocer los patrones infantiles que se esconden detrás de nuestras reacciones, dejamos de estar completamente a su merced. Muchas personas todavía sienten vergüenza de pedir ayuda profesional, como si acudir a terapia fuera una señal de debilidad. Por suerte, cada vez más gente se da cuenta de que en realidad es todo lo contrario.
En los grupos terapéuticos veo esto constantemente: al principio las personas llegan tensas, convencidas de que son las únicas que están "rotas". Pero cuando la conversación empieza a fluir y el grupo se va formando, es precioso ver cómo la expresión de sus caras cambia.
Resulta que todas llevamos cargas difíciles, y lo más revelador es que nuestros problemas a menudo son casi un espejo los unos de los otros.
Procesar el trauma no es un proceso rápido ni lineal, y está completamente bien sentir a veces que hemos dado un paso atrás. Lo importante es tratarnos con la misma paciencia y compasión que tendríamos con una amiga querida. Ya sea con apoyo terapéutico o a través de comunidades que nos sostengan, podemos llegar a un punto en el que el pasado deje de ser una cadena y se convierta en una experiencia que, al final, nos hace capaces de vivir un amor seguro y maduro. Recuperar el control sobre nuestra vida empieza por creer algo sencillo y poderoso: merecemos atención, respeto y una felicidad en paz.











