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He hecho las paces con el aburrimiento, y creo que a todos nos haría bien no temerle

Schuster Borka3 min de lectura
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He hecho las paces con el aburrimiento, y creo que a todos nos haría bien no temerle — Estilo de vida

Soy parte de esa generación que, por reflejo, agarra el teléfono cuando tiene que detenerse un momento. En la fila, esperando el tranvía, en el dentista: cuando el mundo a mi alrededor se desacelera, aparece el impulso automático de mirar la pantalla. Seguro que a muchos les pasa que, si no pueden deslizar el teléfono, se sienten incómodos solos en lugares públicos.

Durante mucho tiempo no pensé que esto fuera solo para pasar el tiempo, sino que también señalaba una carencia más profunda. Después de una ruptura difícil, cuando empecé a cuidar mi salud mental con más conciencia, me di cuenta de que no podía simplemente… estar. Sin trabajar, sin ver nada, sin hablar, sin escuchar un podcast, solo estar conmigo misma. Estar sola y en silencio me daba miedo. Y fue ese miedo el que me hizo ver que esa inquietud no era solo un mal hábito, sino una adicción. No en sentido figurado, sino real.

La dopamina detrás de la adicción

La dopamina es la hormona de la felicidad que nuestro cerebro libera cuando sucede algo nuevo o recibimos un estímulo. Y las redes sociales, el ritmo constante, se aprovechan justo de eso. Un comentario nuevo, un "me gusta", una notificación: cada uno es un pequeño chute de dopamina. Cuanto más lo recibimos, más nos acostumbramos. Con el tiempo, el cerebro se aburre sin estímulos y solo puede concentrarse en el próximo chute.

Buscar dopamina es algo humano y natural, pero cuando no necesitamos terminar una tarea, notar algo a nuestro alrededor o hacer cualquier cosa, y solo nos quedamos mirando una pantalla, puede traer consecuencias serias.

Cuando no llega la dopamina, sentimos aburrimiento. Esperamos que pase algo. Y si no distraemos esa espera, aparecen las emociones que intentamos esconder: ansiedad, tristeza, recuerdos. A veces, simplemente nuestros propios pensamientos, de los que también nos hemos distanciado.

Los beneficios del aburrimiento
Source: pexels.com

El arte de no hacer nada conscientemente

Después de esta revelación, empecé a reservar tiempo en mi día para no hacer nada. Al principio fue muy difícil. Sentí casi síntomas de abstinencia: inquietud, impaciencia, la sensación de que “tenía que ocuparme en algo”. Pero insistí. Y valió la pena.

Con el tiempo, empezaron a salir recuerdos antiguos. Observé mejor mi entorno. Noté patrones en los azulejos, rostros en la sala de espera. Descubrí música en el roce de papeles en una ventanilla. Una vez, sentado en un parque, vi a un caracol comiendo una hoja. Nunca antes había visto algo así.

Lo más importante es que, al darle espacio al aburrimiento y a los estímulos que vienen de afuera y de adentro, pero no de una pantalla o auriculares, mi creatividad se disparó. No solo entendí mejor el origen de mis emociones y aprendí a gestionarlas conscientemente, sino que también tuve mejores ideas para escribir y crear.

Hoy elijo aburrirme conscientemente, aunque no lo llamaría aburrimiento. Más bien es una espera activa. Una escucha tranquila hacia dentro y hacia fuera que me permite estar realmente presente. Y vivir experiencias más interesantes que cualquier pantalla podría ofrecer.

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