Cuando trabajaba en oficina, casi todos los días veía esa escena casi coreografiada que mis colegas repetían. A la hora del almuerzo, sentados alrededor de la mesa con cajas de plástico y café demasiado fuerte, no hablaban de qué cocinaron, qué hicieron el fin de semana o qué desean realmente, sino de quién estaba más cansado. Quién se quedó hasta más tarde la noche anterior. Quién durmió menos. Quién tuvo un cliente más molesto y quién recibió un correo a las diez de la noche.
No era una queja sincera. No era un grito de ayuda ni una revolución que pedía cambio. Era más bien una competencia.
Yo estaba ahí y lo que más quería decir era: vete a casa antes. Pon límites. No respondas por la noche. Dile al cliente que eso no está bien. Pero sabía cuál sería la respuesta:
“No puedo.”
“Así es.”
“Si no lo hago yo, lo hará otro.”
Y claro, estaba la frase no dicha: si no aguanto, soy débil.

El cansancio se volvió un símbolo de estatus
Prueba de que somos importantes. Que se nos necesita. Que somos indispensables. Cuanto más agotado pareces, más dices: tengo mucho trabajo, lo que hago importa, la vida gira a mi alrededor. En cambio, estar descansado genera sospechas. ¿Qué significa “dormí bien”? ¿Que tuviste tiempo? ¿Que no estás suficientemente ocupado? ¿Que no trabajas lo suficiente?
Lo más absurdo es que esta lógica no solo vive en el trabajo. Se ha colado en nuestras conversaciones diarias. Cuando nos preguntamos cómo estamos, rara vez respondemos que bien, equilibrados o descansados. Como si eso fuera un lujo demasiado grande. Como si tuviéramos que disculparnos por ello. “Bien, pero ya sabes… mucho trabajo.” “Ahora estoy bien, pero casi no duermo.” Como si tuviéramos que añadir rápido alguna dificultad para que no nos malinterpreten y piensen que solo estamos flojeando mientras el mundo se desmorona alrededor.
Claro que hay momentos en la vida donde el agotamiento es inevitable. Etapas con niños pequeños, enfermedades, crisis, fechas límite. No todo puede estar perfectamente equilibrado, ni debe estarlo.

El problema empieza cuando no normalizamos el cansancio pasajero, sino que aceptamos que ese es el estado base. Que así hay que vivir. Que solo valemos si ya duele.
Creo que muchos no ponen límites no porque sea imposible, sino por miedo. Tienen miedo de que si dicen no, serán menos importantes. Miedo a ser reemplazables. Miedo a descubrir que el mundo no se derrumba sin ellos. Y eso da miedo.
Pero el cansancio constante no es un mérito. No es prueba de lealtad, talento o compromiso. Más bien es una señal. Nuestro cuerpo y sistema nervioso intentan decirnos que es demasiado. Y cuanto más silenciamos esa voz, más fuerte regresará: agotamiento, ansiedad, enfermedades.
Quizá sea hora de elegir nuevos símbolos de estatus. Como poder dormir bien. Saber decir no. Tener vida fuera del trabajo. No temer no responder al instante. No es pereza, es autoconocimiento y valentía.
Al principio puede parecer raro decir en la mesa del almuerzo que “en realidad estoy descansado”. Puede que haya silencio después. Pero quizás algo se mueva en alguien más. Y entienda que no es el cansancio lo que nos hace valiosos, sino que podemos seguir siendo humanos en medio de todo.











