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Las cosas malas le pasan a todo el mundo: ¿en qué podemos confiar si la bondad no nos protege de la tragedia?

Szabó Erzsébet5 min de lectura
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Las cosas malas le pasan a todo el mundo: ¿en qué podemos confiar si la bondad no nos protege de la tragedia? — Familia
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Hay algo profundamente reconfortante en la idea de que el mundo es justo. Que si somos amables, generosos y vivimos con el corazón limpio, existe una especie de red invisible que nos protege. Que el bien que damos regresa a nosotros cuando más lo necesitamos.

Pero ¿qué pasa cuando la realidad rompe esa ilusión sin contemplaciones? ¿Cuando la tragedia llama a la puerta precisamente de quienes menos se la merecen?

Cuando el karma no cumple su promesa

Hace poco me uní a una comunidad nueva. Entre sus miembros destacaba una persona especial: de esas que irradian calidez de forma natural, siempre dispuesta a ayudar, siempre con una palabra amable. Al verla, uno piensa instintivamente que a alguien así solo pueden pasarle cosas buenas.

La noticia llegó como un golpe: en cuestión de minutos, su casa ardió hasta los cimientos. El trabajo de toda una vida, reducido a cenizas. Me quedé paralizada frente a esa información, y de repente todo lo que creía empezó a tambalearse.

Yo intento vivir según el principio de la reciprocidad, confiando en que la energía positiva que uno entrega acaba volviendo. Y aunque en mi vida hay más luz que sombra, las dificultades tampoco me esquivan. Cuando algo malo ocurre, casi de forma automática me pregunto: ¿qué hice mal? ¿Qué debería cambiar para que esto no vuelva a pasar?

Aunque ya hemos atravesado momentos duros y nunca nos hemos creído inmunes al dolor, ver una pérdida tan injusta como esta sacude algo muy hondo en nuestra familia.

Somos criaturas que necesitan historias

Cuando nos sentimos más vulnerables, nos aferramos con fuerza a la idea de que existe un orden cósmico que trabaja a nuestro favor. Es un mecanismo de defensa completamente natural: nuestra mente no tolera bien la pura aleatoriedad.

Somos seres narrativos. Necesitamos la lógica, la moraleja, el final donde el malo recibe su castigo y el bueno su recompensa.

Aunque lucho contra ello, cuando algo negativo e inesperado sucede, empiezo a rebuscar en mi pasado: ¿hice algo para merecer esto? ¿Es una lección de algún tipo? ¿Parte de un plan que no alcanzo a ver?

Curiosamente, incluso la culpa resulta más soportable que aceptar que las cosas a veces simplemente ocurren, sin motivo, sin lección, sin propósito. Porque eso implicaría reconocer que no tenemos tanto control sobre lo que nos pasa.

Esta forma de pensar es un arma de doble filo. A veces consuela y da sentido. Pero cuando las respuestas no llegan, puede empujarnos al pozo de la autoculpa y el abandono. La búsqueda de significado es, en muchas ocasiones, solo un escudo frente a la incertidumbre del mundo. Y la pregunta "¿por qué a mí?" no siempre tiene una respuesta espiritual: a veces la responden, de forma fría e indiferente, las leyes naturales.

La libertad que esconde el azar

Por muy aterrador que parezca al principio, hay algo liberador en aceptar que el universo no tiene ninguna intención en nuestra contra.

Las cosas malas no nos ocurren porque seamos malas personas, sino por la misma razón por la que ocurren las buenas: porque los procesos físicos y biológicos que rigen el mundo siguen su propio camino, ajenos a nuestros méritos.

Si dejamos de ver al destino como un juez que castiga, podemos liberarnos de la parálisis que genera la autoculpa. Y lejos de quitarnos algo, ese reconocimiento nos fortalece. Porque nos recuerda que el significado y el propósito no nos vienen dados desde las estrellas: los construimos nosotros mismos con nuestras decisiones.

Podemos ser luz los unos para los otros

He llegado a una cierta paz con la idea de que la bondad no es un escudo. Pero mi parte más orientada a la acción sigue activándose cuando algo va mal: busco las causas, intento encontrar lógica en el caos, porque eso me da sensación de seguridad.

Lo que he comprendido es que las cosas malas no eligen a sus víctimas. La diferencia no está en a quién le llega la tormenta, sino en quién está a su lado cuando llega.

Las tragedias también les ocurren a las personas buenas. Pero su fortaleza interior y la comunidad que las rodea pueden hacer que el golpe no se sienta tan definitivo.

Recuerdo cuando yo misma estuve enferma y durante semanas fui incapaz de levantarme de la cama. Mi familia fue mi sostén: cargaron con todo sin pedirme nada a cambio, y permanecieron a mi lado hasta que me recuperé. Ahora he vuelto a ver lo mismo. Para la mujer cuya casa ardió, se organizó una colecta de inmediato. Sus vecinos y conocidos se movilizaron como un solo cuerpo: uno consiguió un arquitecto, otro se encargó de encontrarle alojamiento.

El dolor no desaparece. Pero estas situaciones ayudan a creer que las dificultades, al final, nos fortalecen a nosotros, a nuestra familia y a nuestra comunidad. Y que aceptar la imprevisibilidad de la vida, paradójicamente, puede hacernos más valientes.

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