Estábamos en la cocina. Mi hija pequeña hacía los deberes en la mesa y la mayor estaba de espaldas a mí, frente al fregadero, cuando lo dijo. No fue un grito ni un llanto. Lo dijo con una voz cansada, medida, como quien lleva mucho tiempo guardando una frase dentro. «Mamá, ¿por qué no me quieres igual que a ella?» No la miré de inmediato. Tenía la taza de café entre las manos y pensé que, si me quedaba callada el tiempo suficiente, la pregunta se desvanecería sola en el aire.
No se desvaneció. Se quedó ahí, en esa cocina, y desde entonces ha flotado sobre cada comida familiar, cada foto del colegio, cada pequeña decisión cotidiana, como una tormenta que nunca acaba de estallar.
Dos hijas distintas, dos tratos distintos
Mis dos hijas son muy diferentes. Esa frase simple se convirtió durante años en mi justificación. La mayor, Sofía, ya a los cuatro años parecía una adulta en miniatura: ordenaba sus cosas sola, aprendió a leer muy pronto, nunca había que llamarle la atención. Su hermana, Paula, era un torbellino: vivía cada emoción a gritos y, cuando yo llegaba a casa agotada del trabajo, su voz me crispaba antes incluso de cruzar la puerta. Me decía a mí misma que era simplemente una diferencia de carácter, que con una de las dos era más fácil.
No me di cuenta de que estaba construyendo una balanza invisible en la que Sofía siempre pesaba menos, y esa ligereza se fue convirtiendo poco a poco en la medida del amor en mi propia cabeza.
Aquella noche, después de que Sofía hiciera la pregunta, intenté convencerme de que lo había malinterpretado todo. Pero entonces recordé algo de un mes antes: Paula había traído del colegio un dibujo, un perro verde de seis patas, y yo lo miré dos segundos antes de volver a dejarlo en la nevera porque estaba al teléfono. Los dibujos de Sofía, en cambio, siempre los colgaba, los enmarcaba, se los enseñaba a los abuelos. No porque la quisiera más, sino porque sus dibujos eran «más bonitos», más fáciles de elogiar. Solo entonces entendí que una niña no mide la calidad del dibujo, sino los segundos que su madre lo mira.
El momento en que me di cuenta de que sí hacía diferencias
A partir de aquella frase empecé a rebobinar mis recuerdos como una película que nunca había tenido el valor de volver a ver. Los cumpleaños en los que le hacía a Sofía hasta tres tartas distintas porque «ella es muy exigente», mientras que a Paula una vez le bastó con una tarta comprada porque «con eso ya es feliz». En mi cabeza, eso siempre me había parecido ser justa. En realidad, solo mostraba en quién invertía energía y a quién dejaba ir sin más.
No supe responder en ese momento. Me quedé parada en la cocina y mentí: «Claro que no, os quiero igual a las dos». Paula se rio, pero no con gracia, sino con esa amargura de los adultos que han escuchado demasiadas veces la misma mentira. Tenía doce años. Doce años, y ya sabía que había una diferencia en la cantidad de atención materna que recibía, aunque no supiera qué hacer con esa certeza.
Mi propia infancia también estaba ahí
Empecé a ir a terapia. No era tanto por mis hijas como por mí misma: no entendía de dónde venía ese sesgo. Hablando con mi psicóloga descubrí que en mi propia infancia también me habían comparado con mi hermana menor, y yo era la «difícil», la que recibía menos elogios. Creía haberlo superado, pero solo había repetido el mismo patrón con los papeles cambiados.
Todavía hoy no sé con certeza si quiero a mis dos hijas exactamente igual. Quizás esa es una expectativa imposible que nos imponemos, la idea de que el amor tiene que ser matemáticamente idéntico. Pero sí sé que la atención que le presto a Paula merece el mismo peso que la que le doy a Sofía, aunque ella la pida a gritos, aunque sea más difícil de sostener. El dibujo del perro está ahora en la nevera, con una esquina un poco rasgada porque Paula lo ha bajado demasiadas veces para enseñarle a sus amigas que su madre lo ha puesto ahí.
No sé si las quiero igual — y he aprendido a vivir con eso
La pregunta sigue dentro de mí, tal y como sonó aquella tarde de domingo. No creo que llegue a responderla del todo nunca. Solo sé que, desde entonces, cada vez que me doy cuenta de que estoy mirando más a una hija que a la otra, me detengo un momento y doy un paso atrás.
A veces eso es lo más honesto que puede hacer una madre.
¿Los padres quieren siempre igual a todos sus hijos?
No necesariamente de la misma manera ni con la misma intensidad en cada momento, aunque el amor sea igualmente profundo. La dinámica con cada hijo es diferente y eso puede influir en cuánta atención o energía se dedica a cada uno sin que los padres lo perciban conscientemente.
¿Por qué tendemos a conectar más fácilmente con un hijo que con otro?
Muchas veces influye el temperamento del niño, el nivel de esfuerzo que requiere y, como señala el artículo, nuestra propia historia personal. Un hijo que nos recuerda inconscientemente a situaciones de nuestra infancia puede despertar reacciones automáticas que no siempre somos capaces de ver.
¿Cómo puedo saber si estoy haciendo diferencias entre mis hijos?
Observa pequeños gestos cotidianos: cuánto tiempo dedicas a los dibujos, las historias o los logros de cada uno, o con qué frecuencia respondes positivamente a cada hijo. No hace falta un gran análisis; a menudo los detalles más pequeños son los más reveladores.
¿La terapia puede ayudar en estos casos?
Sí, tal y como muestra esta historia. La terapia individual puede ayudar a identificar el origen de los sesgos inconscientes, especialmente cuando tienen raíces en la propia infancia, y a desarrollar herramientas para actuar de forma más consciente en el día a día.











