“¿Te estoy molestando?” – me preguntó hace poco un amigo mientras me contaba algo en una llamada larga. “¡Para nada! Además, mientras te escucho, he avanzado con mis cosas: ya vacié el lavavajillas y tendí la ropa desde que empezamos a hablar. ¿Pensabas que solo estaba sentada sin hacer nada?” – le respondí en broma. “No lo pensé” – dijo él.
“De hecho, me cuesta imaginarte simplemente sentada sin hacer nada.”
Nos reímos, pero después de colgar, mientras seguía con mi día, esa idea no me dejó en paz.

¿Por qué siento que no puedo quedarme quieta?
No me refiero solo a que siempre encuentro algo que hacer, sino a que parece que necesito un estímulo externo constante. Si tengo que esperar dos minutos frente al microondas, ya estoy agarrando el teléfono. Cuando subo al autobús, busco un podcast enseguida. Y si tengo una tarde libre, no siento alivio, sino ansiedad: “¿Qué debería estar haciendo?”
Es como si el aburrimiento fuera algo peligroso que debemos evitar a toda costa. Pero de niños sí sabíamos aburrirnos. De hecho, de ahí nacían los mejores juegos, historias e ideas. ¿Qué pasó desde entonces?
La vida moderna nos ha condicionado poco a poco a ver el silencio y la inactividad como algo antinatural. La estimulación constante se ha infiltrado tanto en nuestro día a día que ni siquiera notamos que rara vez estamos presentes sin algún estímulo que nos llene. El teléfono, las pantallas, el flujo continuo de información, las notificaciones, la música, las series, el “un video más” nos enseñan que el aburrimiento es algo malo. Algo que hay que reprimir.
Pero el aburrimiento tiene una función. De hecho, lo necesitamos.
En el aburrimiento ocurre una especie de orden interno: nuestros pensamientos se entrelazan, se asientan y crean algo nuevo. La creatividad de la infancia no era un don especial, simplemente teníamos más oportunidades para aburrirnos. Y donde hay aburrimiento, aparece la imaginación. Ahí empezamos a explorar, jugar, arriesgar y maravillarnos del mundo.

Hoy, sin embargo, solo pensar en no tener nada que hacer nos pone tensos. En el silencio, tenemos que escuchar quiénes somos, nuestras emociones, el cansancio, las ansiedades. La estimulación constante muchas veces no es porque nuestra vida sea aburrida, sino porque tememos lo que sentiríamos si hubiera silencio. Nuestros propios pensamientos. Nuestro propio ritmo. Nuestros propios límites.
Y claro, también está la presión social
La cultura de la productividad que nos dice que la inactividad es un desperdicio. Quien no hace nada, se queda atrás. Quien no crece, no aprende ni se construye, no es suficiente. Según esta lógica, el aburrimiento no es descanso ni recarga, sino una oportunidad perdida que debería hacernos sentir culpa. Porque la felicidad no es un estado natural, sino algo que hay que ganarse —y nunca sentimos que hemos hecho lo suficiente hoy.
El problema es que, aunque la estimulación constante parece cómoda, en realidad nos roba el espacio mental que necesitamos para crear, regenerarnos y conectar —incluso con nosotros mismos. Un cerebro sobreestimulado no puede descansar, profundizar ni encontrar alegría verdadera en las cosas pequeñas y lentas. Todo le parece demasiado silencioso, escaso y lento.
Por eso ahora trato de reaprender a aburrirme. No asustarme cuando hay silencio a mi alrededor y esperar —confiar en que después del pánico inicial algo bueno sucederá. Estar presente, prestar atención y, sobre todo, ser paciente. Conmigo y con mi mente, porque creo que pueden surgir cosas maravillosas, más que cualquier video de TikTok o podcast. Solo necesito darles un poco de tiempo.











