Para pesar de mi madre, nunca aprendí a guardar mi opinión, pero entendí algo: aunque a corto plazo pueda causar situaciones incómodas, a largo plazo es la razón por la que he podido mantener el control de mi vida.
En negociaciones laborales e incluso en citas, me han dicho que soy un caso difícil. Solo porque expresé cuando no estaba de acuerdo o cuando alguna condición no era aceptable para mí. En mi ingenuidad de los veinte años, no entendía: ¿qué debería hacer? ¿Callarme cuando algo no me gusta o no me conviene? ¿Apretar los dientes y mentir cuando me pregunten si todo está bien? ¿Cómo podría construirse una relación sana, sea romántica o profesional, sobre eso?
No, eso claramente no tiene sentido y no es la solución. Pensé que el problema era cómo decía las cosas. Aunque intentaba ser respetuosa al pedir cambios, sonaba agresiva. Pero, ¿qué estaba haciendo mal?
Me tomó años darme cuenta de que el problema no era lo que decía ni cómo lo decía, sino que muchos aún no pueden aceptar que una mujer tenga una opinión diferente o diga un no firme.
Cuando un hombre defiende su postura con firmeza, lo llamamos seguro, líder, sabe lo que quiere. Si lo hace una mujer, fácilmente la etiquetan como “difícil”, “demasiado sensible”, “agresiva” o “histérica”. Esta doble vara no solo aparece en el trabajo, sino también en la familia, entre amigos y en nuestra propia autoimagen. Sin embargo, la asertividad —defenderse respetando los derechos de otros— es una habilidad fundamental para cualquier mujer.

¿Por qué es tan difícil y por qué a menudo parece “desobediencia” lo que en realidad es autoestima?
Desde niñas aprendemos que la buena niña es silenciosa, educada y complaciente. No discute, no pregunta, no contradice. Más tarde, ese patrón se arraiga: evitamos conflictos y relegamos nuestras necesidades y límites. Cuando una mujer rompe ese rol y comunica con claridad, dice no o da feedback, muchos lo toman como un ataque personal. No porque lo que diga sea ofensivo, sino porque es raro que una mujer no pida disculpas por existir.
Pero la asertividad no busca conflictos. No se trata de imponer la voluntad a toda costa. Al contrario: una mujer asertiva escucha a los demás sin perder su postura. Puede decir no sin culpa. Puede pedir sin sentirse en deuda. Y lo más importante: defiende su posición sin pedir perdón.
Desde niña, mis padres decían que tenía un sentido de la justicia más fuerte de lo normal, pero sé que hay quienes son más introvertidos, tuvieron menos espacio para expresar su opinión o les cuesta reconocer sus propias necesidades.
Ser asertiva puede ser aún más difícil para ellas, pero para una mujer esta habilidad es vital: es la clave para no dejarse llevar solo por lo que otros quieren.
La buena noticia es que la asertividad se puede aprender. No necesitas ser extrovertida ni la voz más fuerte en cada discusión. Lo esencial es reconocer que tus sentimientos y necesidades son válidos y poder expresarlos. A muchas mujeres les ayuda practicar estas frases por escrito. Otras asisten a talleres de comunicación asertiva. Y algunas simplemente deciden no pedir disculpas por existir y tener opinión.











