Al acercarme a los cuarenta, cada vez más recibo frases que me emocionan y me ponen nerviosa a la vez. Compañeras más jóvenes, y a veces contemporáneas, me dicen que por esto o por aquello me admiran. Que lo que hago es inspirador. Que soy una "mujer fuerte". Cuando enumeran sus razones, siempre escucho lo mismo: crío sola a mi hija con asperger, mantengo un hogar para las dos, me mudé sola de un pequeño pueblo a la capital y aquí me establecí. Lo logré.
Y la verdad es que se siente bien. Es reconfortante que alguien vea el esfuerzo, el camino, el trabajo duro. Pero al mismo tiempo, hay un pensamiento persistente y molesto en mí: no soy una "mujer fuerte". Solo hice lo que tenía que hacer. Porque realmente no había otra opción.

Durante mucho tiempo pensé que ambas cosas eran iguales. Que si alguien logra sacar adelante las cosas, sobrevive situaciones, resuelve lo que otros tal vez no podrían o no querrían, eso es automáticamente fuerza. Hoy ya no estoy tan segura. La fuerza implica cierta libertad de elección. Que puedas elegir entre varios caminos y decidas tomar el más difícil. En mi historia, muchas veces no hubo más caminos. Solo uno era viable y todo lo demás era impensable.
Cuando te quedas sola con un hijo que además necesita atención especial, no te preguntas mucho si podrás con ello. No es cuestión de si lo soportarás. ¿Qué otra opción tienes?
Cuando no tienes una red económica, pareja o apoyo familiar, no mantienes tu vida por heroísmo, sino porque es necesario.
No me mudé a la capital por valentía, sino porque allí tenía oportunidad de encontrar trabajo. No trabajé todos esos años por ambición, sino porque no era opción no hacerlo.

¿Es fuerza cuando simplemente hago lo que tengo que hacer?
Creo que aquí es donde empiezo a sentirme incómoda con la narrativa de la "mujer fuerte". Porque aunque eleva, también oculta algo. Que muchas mujeres no eligen el camino que recorren, sino que se ven arrastradas por él. Que no somos excepcionales, sino comunes. Que el "lo hizo sola" no es necesariamente una habilidad especial, sino a menudo una consecuencia de las fallas del sistema.
Lo mismo pasa con nuestras abuelas, a quienes solemos idealizar como heroínas. Trabajaron día y noche, cuidaron el hogar, los hijos, la tierra, los animales y muchas veces fueron el apoyo emocional para todos. Fácil decir que fueron mujeres fuertes. Pero, ¿y si no lo fueron porque fueran extraordinarias, sino porque no tenían otra opción? Porque el mundo no les ofrecía alternativas.

Idealizar es cómodo. Nos exime de preguntarnos: ¿por qué tuvieron que estar tan solas? ¿Por qué era natural que soportaran todo? ¿Y por qué esperamos lo mismo hoy, aunque con escenarios más modernos?
No quiero que no se reconozca el esfuerzo. Pero tampoco quiero que el precio del reconocimiento sea normalizar la obligación. Que digamos: está bien así, hay que aguantarlo. Porque no debería ser así. Y tal vez algún día lleguemos a un lugar donde no se necesiten "mujeres fuertes", sino un mundo donde la fuerza no se gaste solo en sobrevivir.











