¿Has tenido ese momento en que, como padre, estás seguro de que tú debes tomar el control? No porque seas autoritario, sino porque "así se hace".
Lo vimos en nuestros padres y parece lo más lógico y natural. Y entonces llega tu hijo, que no hace lo que "debería", lo que tú hacías a su edad. No siempre hace berrinches, no golpea ni se tira al suelo. Simplemente explica por qué no está de acuerdo. Con calma, con argumentos claros que te dejan sin palabras.
¡Cuánto podemos reaprender como adultos!
Siempre me sentí orgullosa de que en casa prácticamente "se saltó" la etapa de rebeldía, porque convencer a mi hija con razones era tan fácil que nunca vivimos esas escenas que otros padres cuentan. En cualquier situación se podía negociar con ella y realmente respondía a las palabras amables. Por eso fue especialmente divertido cuando hace poco me preguntó:
Mamá, ¿qué es un compromiso?
Claro, ya en ese entonces hablaba con cuidado porque la experiencia me decía que si algo es demasiado fácil ahora, será difícil en otro momento o área. Y así fue: aunque apenas está en la preadolescencia, siento que mis recursos se están agotando. Me di cuenta de que mis métodos probados no funcionan y que no tengo un modelo útil frente a mí, porque esta generación es muy diferente. Ya no obedecen automáticamente solo porque somos mayores o porque "así es el mundo".

Mi hija pregunta, argumenta con firmeza (y "lamentablemente" con mucha lógica), responde sin que se lo pida y defiende sus ideas con una naturalidad que me tensiona hasta el último nervio y, al mismo tiempo, me deja satisfecha. Porque aunque últimamente me molesta más de lo que quisiera, sé en el fondo que nadie la va a dejar de lado "así nomás" en la vida. Y eso, en el fondo, es más reconfortante que cualquier incomodidad momentánea.
Una nueva mirada a los niños “difíciles”
Hace unas décadas, a un niño como ella se le habría etiquetado fácilmente como "difícil de manejar", y eso sería el eufemismo más suave. Por suerte, hoy muchas perspectivas en psicología del desarrollo reconocen que la fuerte autoafirmación no es un problema, sino un factor protector.
Lo que para nosotros, padres, parece pérdida de control, para ellos es un sistema inmunológico efectivo frente al mundo exterior.
Así que llegó un momento en que tuve que entender que esto no solo trata de ella, sino también de mí. De por qué todavía evito los conflictos, por qué aprendí desde joven a adaptarme, suavizar y pulirme para la comodidad de otros, y por qué el compromiso, cuyo significado conozco bien, se volvió un reflejo.

Cuando los argumentos pesan más que la autoridad
La Generación Alfa, que ahora está en preadolescencia y adolescencia, nació en un mundo donde la información no es un privilegio, sino la norma. El "porque yo lo digo", "hay que respetar a los mayores" y el "soy tu madre" no son argumentos para ellos, solo ruido de fondo. Mi hija a menudo razona con tal lógica que siento que, a nivel sistémico, yo tengo razón, pero en ese tema específico, ella.
Y entonces llega ese conocido conflicto interno: ¿reconozco que tiene razón? ¿Le cedo? ¿O repito esa frase que traigo de la infancia: "porque yo lo digo, y punto"?
Ahora sé que tengo trabajo con todo esto. No necesariamente con mi hija o mis principios de crianza, sino conmigo misma, con mis hábitos de adolescencia y con lo que aprendí como estrategia de supervivencia, y cómo puedo reinterpretarlo para el mundo actual.
Hoy sé que no es mi tarea "manejar" su autoconfianza, ni mucho menos apagarla. No digo que sea fácil, al contrario, es tremendamente difícil. Pero cada vez siento más que este proceso de aprendizaje es tan mío como suyo y que quizás uno de los mayores regalos que nos da un hijo es reflejarnos.
Así que, mientras intento apoyar a mi hija, darle límites y crearle un espacio seguro, ella silenciosamente derriba esos muros rígidos que construí durante décadas. A veces siento que enciende la luz en una habitación oscura. No siempre es agradable, pero al menos veo qué hay ahí.











