Estaba en la cima de la colina del Parque de la Ciudad, viendo a mi hija deslizarse en trineo con sus compañeros. Rodaban en la nieve, reían a carcajadas, bajaban la pendiente una y otra vez como si nada más importara en esa tarde invernal. Yo me quedé quieta, el frío subía lenta pero implacablemente desde mis zapatos hasta mis pies. Mis calcetines estaban empapados, mis dedos primero se entumecieron y luego desaparecieron. Después de un rato, ni siquiera sentía mi rostro. Al menos, en ese momento ya no dolía.
Sabía que no era una decisión inteligente. Sabía que me iba a resfriar. Y probablemente ella también. En mi cabeza estaban los argumentos racionales: hace frío, todo está mojado, el invierno aún es largo, ¿por qué no volvemos a casa? Un adulto responsable recoge al niño, le sube la capucha y dice: ya es suficiente por hoy. Pero yo no me moví.
Me di cuenta de que una sola frase giraba en mi mente: desde que nació, no había visto tanta nieve. Quizá no vuelva a nevar así en mucho tiempo. Puede que pasen años antes de que el Parque de la Ciudad se cubra de blanco otra vez. Y también puede que la próxima vez que caiga nieve así, ella ya no me busque con la mirada desde la cima de la colina.

En el otro lado de la colina, unos adolescentes jugaban en trineo. Eran ruidosos, un poco torpes y claramente sin supervisión parental. Estaban con sus amigos, bromeando y riendo, completamente inmersos en su propio mundo. Los miraba, y también a mi hija, que después de cada bajada, al llegar al pie de la pendiente, me miraba como para comprobar que estaba ahí, que la estaba observando. Y yo estaba. Observaba. Con calcetines empapados y la cara roja por el frío, pero estaba.
Recordé cuántos “quizá sea la última vez” hay en la maternidad. Quizá esta sea la última vez que volvemos a casa de la escuela de la mano. Quizá esta sea la última noche que me pide un cuento antes de dormir. Quizá este sea el último verano en que se sienta en mi regazo. Estos pensamientos a veces asustan, a veces entristecen, pero allí, en la nieve, me trajeron una extraña y tranquila paz.
Quizá fue la primera y última vez que jugamos juntas en la nieve. Quizá nunca más lancemos bolas de nieve. Quizá este sea el único recuerdo que me quede de todo esto. Y si es así, no quiero que lo más fuerte sea que pasé frío. Quiero que lo que quede sea su risa. Su cara sonrojada. Cómo se entregó por completo a la nieve, como si fuera lo más natural del mundo.

Pensé que algún día seré mayor. Quizá estaré en una mecedora, en una habitación cálida, con pantuflas gruesas. Recordaré este día, esta tarde en el Parque de la Ciudad. Y sí, creo que entonces también me dolerán los dedos de los pies al recordar este momento. Ajustaré mis pantuflas por reflejo. Y sonreiré.
Porque recordaré que estuve allí. Que no tuve prisa. Que dejé que el momento fuera más importante que mi comodidad. Y también recordaré que la maternidad muchas veces es exactamente eso: saber cuándo es momento de volver a casa y cuándo vale la pena quedarse un poco más en el frío.











