Casi todas tenemos una bolsa de semillas abierta en algún rincón de la despensa. La compramos con buena intención, la usamos tres veces y después queda ahí, arrugada, hasta que un día huele raro y acaba en la basura. Es una pena, porque las semillas son uno de los ingredientes más agradecidos del otoño: aportan grasa buena, textura crujiente y ese punto tostado que levanta un plato soso sin necesidad de más sal.
Cuáles merece la pena tener abiertas a la vez
No hace falta coleccionarlas. Con dos o tres variedades se cubre casi todo. Las pipas de calabaza son las más versátiles: grandes, verdes, con un sabor casi a fruto seco, perfectas para cremas y ensaladas. Las de girasol son más baratas y discretas, ideales para añadir a masas y a mezclas de desayuno. El sésamo da aroma y se integra en salsas, panes y verduras asadas. El lino y la chía juegan en otra liga: aportan sobre todo textura y fibra, y conviene molerlas o hidratarlas para que no pasen de largo.
Comprarlas a granel y en cantidades pequeñas tiene sentido. Las semillas son ricas en grasa y esa grasa se oxida: una bolsa gigante abierta durante meses pierde sabor y adquiere ese regusto a cartón que estropea cualquier plato.






