Crudas están correctas; tostadas están buenísimas. El método es simple: sartén amplia sin aceite, fuego medio-bajo, una sola capa de semillas y movimiento constante. En tres o cuatro minutos empiezan a oler y a saltar un poco; en cuanto tomen color dorado, fuera del fuego y a un plato frío, porque la sartén caliente las sigue quemando. Si las dejas un minuto de más, amargan.
Una variante que vale oro en otoño: tuesta un puñado grande el domingo con una pizca de sal, pimentón dulce o comino, y guárdalo en un tarro de cristal. Tendrás un topping listo toda la semana. Sobre una crema de calabaza, de puerro o de lentejas, ese puñado es la diferencia entre un plato triste y un plato que apetece.
Dónde meterlas sin inventar recetas nuevas
Lo que falla no es la intención, es la logística: si hay que pensar un plato especial, no se usan. El truco es colocarlas donde ya cocinas. En el desayuno, una cucharada de pipas o de sésamo sobre el yogur con fruta, o lino molido mezclado en la avena. En la comida, en cualquier ensalada de hoja verde con manzana o con naranja, y sobre verduras asadas al salir del horno.
También funcionan muy bien trituradas: unas pipas de calabaza en el vaso de la batidora, junto con albahaca o perejil, aceite y un diente de ajo, dan un pesto económico que acompaña pasta, patatas cocidas o una tostada. Y en repostería casera, media taza en un bizcocho de zanahoria o en unas galletas de avena añade crujido sin cambiar la receta.






