Acordar antes, no en mitad de la partida
La peor hora para negociar normas es cuando la pantalla ya está encendida. Las conversaciones útiles sobre pantallas ocurren en un momento neutro: un trayecto en coche, un desayuno de sábado, un rato en la cocina. Allí se puede plantear lo concreto: qué días se juega, hasta qué hora en diario, qué pasa los fines de semana, qué ocurre si hay exámenes.
Funciona mejor fijar los acuerdos en positivo y por escrito, aunque sea en una nota en la nevera: "entre semana, después de los deberes y hasta las nueve". También ayuda pactar de antemano el aviso: diez minutos antes de la hora, se avisa; cuando llega la hora, se guarda la partida. Muchos conflictos no nacen del límite sino del corte brusco, porque abandonar a mitad de una partida online tiene consecuencias con los demás jugadores.
El reloj no es el único criterio
Medirlo todo en horas simplifica demasiado. No es lo mismo jugar solo en silencio que jugar con amigos hablando por el micro, ni es igual un rato de sábado por la tarde que una hora de madrugada que roba sueño. Antes de pelear por los minutos, merece la pena mirar tres cosas: si sigue durmiendo bien, si mantiene algún plan fuera de casa y si el contenido encaja con su edad.
Ese tercer punto incomoda, pero es el más fácil de resolver: muchos títulos muy comentados están pensados para público adulto y las clasificaciones por edad están ahí para orientar. Mirar juntos de qué va el juego, aunque a ti no te atraiga nada, da más autoridad que prohibir a ciegas. Y si decides que no es para él todavía, dilo con argumentos y no con un "porque lo digo yo", que solo invita a jugar en casa de otro.






