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¿Y si no es la vida la que es complicada, sino que yo procrastino demasiado?

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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¿Y si no es la vida la que es complicada, sino que yo procrastino demasiado? — Estilo de vida
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Hay una frase que casi decimos automáticamente cuando todo a nuestro alrededor empieza a ser demasiado: “Mi vida es tan complicada ahora.” ¡Qué alivio da decir eso! Como si nos diéramos un pequeño permiso para no estar perfectos...

Si algo es complicado, es normal que no avancemos, que no tomemos decisiones ni demos pasos, porque no se puede apresurar. Lo complicado hay que masticarlo bien, verlo desde todos los ángulos, dejarlo a un lado un tiempo y luego volver a sacarlo para repetir el ciclo. Pero, ¿realmente todo lo que aplazamos es imposible de manejar, o simplemente es más fácil ignorar lo que ya debería estar cerrado?

Durante mucho tiempo —y aún a veces hoy— creí en la primera opción. Desde fuera, tenía muchas razones para justificar mi procrastinación: trabajo, familia, otras responsabilidades, adaptaciones constantes y, claro, la esperanza de que el cambio llegaría solo. “¡Se resolverá!” Pero por dentro sentía cada vez más que no era la cantidad de tareas lo que me agotaba, sino todos esos “algún día” que me repetía.

Cuando lo “complicado” es solo una excusa

La procrastinación rara vez parece pereza o debilidad. Le ponemos máscaras más elegantes. Nos decimos a nosotros mismos cosas como “tengo que pensarlo bien” o “no tengo toda la información para decidir”. Frases que suenan responsables, pero que en realidad solo ganan tiempo y nos engañan.

Lo curioso es que, mientras creemos que esperar nos ahorra energía, pasa todo lo contrario. Un correo sin enviar, una conversación pendiente o una decisión aplazada giran constantemente en nuestra mente. Puede que no nos quite horas concretas, pero nos mantiene en alerta constante.

A veces pensar demasiado consume más energía que esos diez minutos que nos tomaría terminar la conversación o decir un no claro.

Mujer al aire libre usando laptop y riendo mucho

Procrastinar no es un defecto, es una estrategia emocional

Me ayudó mucho darme cuenta de que mi procrastinación no era por falta de ganas de trabajar por mis metas, sino porque no quería enfrentar ciertos sentimientos o situaciones. Temía que el resultado no fuera perfecto. Temía la crítica, el fracaso o si sería capaz de funcionar en un nuevo nivel.

Pero mientras no empezamos, todas las opciones siguen abiertas, todo puede pasar, y eso da seguridad. Solo que esa seguridad es falsa.

Procrastinar es como una tarjeta de crédito: cómoda por un tiempo, pero la factura llega. Y cuanto más esperamos, más grande es.

El peso invisible del “algún día”

Durante mucho tiempo pensé que las tareas que me agobiaban eran las que estaba haciendo activamente. Luego descubrí que lo que más pesaba eran las que ni siquiera tocaba. Proyectos a medias, ideas nunca lanzadas, promesas que mantengo por costumbre... nuestro cerebro no sabe qué hacer con lo incompleto. Lo que no está cerrado sigue como un “asunto pendiente” en segundo plano, ocupando gran parte de nuestra capacidad mental.

A veces hace falta un empujón externo para verlo. Para mí fue una pausa forzada larga, cuando por primera vez no busqué optimizar mi vida, sino cuestionar mis patrones. Entendí que mi “vida complicada” era más un almacén saturado que un sistema eficiente. Lleno de cosas que ya no me pertenecen, pero que guardo porque alguna vez fueron importantes. Ahí comprendí que no necesito más soluciones, sino limpiar.

Hay una frase que muchos tememos decir: “ya no sigo con esto”. Pero no es fracaso, es una decisión difícil y liberadora. Cuando lo entendí y lo puse en práctica, pasó algo inesperado: me sentí aliviada. Descubrí que procrastinar no solo significa no empezar, sino también no atreverse a decir que no.

Solemos ver la vida como un sistema demasiado complicado, cuando a menudo somos nosotros quienes bloqueamos el cierre al no poner punto final. Pero cerrar no es retroceder ni fracasar, es una de las decisiones más maduras que podemos tomar.

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