Como mujer de treinta años, cada vez siento más que debo estar siempre disponible para todos: en el trabajo, con mis amigos, mi familia, e incluso con desconocidos que me contactan por redes sociales.
Hace unos meses noté que algo no iba bien; por las noches no podía dormir y me sentía constantemente cansada. En mi cabeza no paraba de dar vueltas la idea de qué más tenía que hacer, quién más me esperaba, mientras mi cuerpo y mente suplicaban un poco de calma. Fue entonces cuando decidí que tenía que cambiar.
La importancia de reorganizarse
Primero, tuve que aprender a decir que no. No fue fácil, porque siempre he sido de las que disfrutan ayudar cuando alguien lo necesita. Pero entendí que si siempre pongo las necesidades de los demás primero, terminaré agotada.

Establecer límites
Puse límites entre el trabajo y mi vida personal. Mi pareja y yo instauramos una rutina: por la noche, dejamos de usar el teléfono después de cierta hora para enfocarnos el uno en el otro. Esto transformó mi vida y me ayudó a disfrutar de nuestros momentos juntos.
Reconectarme conmigo misma
Empecé a dedicar más tiempo para mí. Cada día busco un momento para hacer lo que me hace feliz, ya sea leer, hacer deporte o simplemente dar un paseo tranquilo por el parque cercano.
Estos momentos para mí me recargan y me hacen sentir llena de energía nuevamente.
La armonía entre salud y alma
Comprendí que no pasa nada si a veces no estoy disponible. Mi vida es mucho más equilibrada desde que puedo aceptar esto con sinceridad. Entendí que no puedo cumplir con las expectativas de todos, y está bien así. Mi salud y paz mental son lo más importante, y no quiero sacrificarlas.
Si sientes que las tareas y expectativas diarias te abruman, no temas dedicar tiempo para ti. El mundo no se derrumbará si te tomas un día o un fin de semana para desconectar. Planea un día para enfocarte solo en tus necesidades y verás cómo tu mente y cuerpo se recargan.











