En los debates sobre el derecho al aborto, vuelve una y otra vez una pregunta que a primera escucha parece totalmente justa: ¿qué pasa con el padre? ¿Tiene o debería tener voz en la decisión de la mujer que quedó embarazada sobre si mantiene al hijo? ¿Qué ocurre si él quiere, está dispuesto y asumiría la crianza? ¿Si está listo para la paternidad mientras la mujer no?
Esta pregunta es emocionalmente difícil, y creo que no se puede hablar de ella como si fuera solo un debate legal o teórico. Detrás hay pérdidas reales y dolores auténticos de personas reales.
Y sí: en la situación actual, el padre no decide.
Si la mujer decide que no quiere llevar adelante el embarazo, esa decisión la toma sola. Para muchos puede parecer injusto, cruel e incluso inhumano.

Pero aún así: creo que no hay una solución más justa.
Nos guste o no, como padres no compartimos las mismas cargas. Y de ahí se sigue que tampoco podemos tener los mismos derechos. El embarazo no es un estado abstracto ni un proyecto común donde “el cuerpo es un poco de ambos”. El embarazo y el parto ocurren en el cuerpo de una persona concreta. En el cuerpo de la madre biológica. En su salud, dolor, riesgos y vida.
Mientras exista un embarazo, no es solo un “futuro hijo”, sino un proceso biológico que ocurre en el cuerpo de una mujer. Y si ella decide que no quiere asumirlo, nadie puede intervenir. Ni moral ni legalmente.
Entiendo el dolor de los padres. Entiendo esa sensación de que algo sucede en lo que no tienen voz, aunque están involucrados. Sé que puede generar impotencia, duelo y enojo. Son sentimientos reales y no creo que deban minimizarse. Pero que nuestros sentimientos sean legítimos no significa que tengamos derecho sobre el cuerpo de otra persona.
La biología no se puede votar para hacerla justa. No se puede decir “que sea mitad y mitad”, porque el embarazo no se puede dividir. No hay solución de compromiso para decidir quién lleva las consecuencias físicas.
La madre lo lleva. Punto.

¿Pero qué pasa si el padre quisiera asumirlo?
Y cuando surge el argumento de “¿y si el padre quisiera y la mujer no?”, siempre hay que hacer esta pregunta: ¿cuál sería la alternativa? ¿Forzar a una mujer contra su voluntad a llevar un embarazo durante nueve meses y luego dar a luz a un hijo? ¿Pasar por un proceso físico y emocional que no quiere, no puede o no soporta? Eso no sería justicia, sería violencia. Una barbarie elevada a nivel estatal y social.
Creo en los derechos de los padres. Creo que cuando nace un hijo, el padre debe ser tratado como un progenitor pleno. Con la misma responsabilidad, expectativas y derechos. También creo que la paternidad no es un papel secundario, ni una “ayuda”, sino una relación autónoma y fundamental por derecho propio.
Pero los derechos de una persona solo llegan hasta donde no limitan los de otra. Y tomar decisiones sobre el cuerpo de otra persona ya está muy más allá de ese límite.
La cuestión del aborto no va contra los padres. Va sobre la autonomía corporal de las mujeres. Y mientras el embarazo no pueda compartirse, la decisión tampoco puede ser compartida. Es una verdad dolorosa, pero sigue siendo verdad.











