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Alegría desbordante y arrepentimiento repentino: Así aprendí a convivir con el trastorno del control de impulsos

Schuster Borka4 min de lectura
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Alegría desbordante y arrepentimiento repentino: Así aprendí a convivir con el trastorno del control de impulsos — Salud

El trastorno del control de impulsos es una condición en la que cuesta resistir esos impulsos repentinos e instintivos, incluso cuando sabemos que pueden traer consecuencias negativas. No se trata solo de ser "un poco más impulsivo", sino de que en ese momento el sistema de recompensa del cerebro se activa tanto que la razón pasa a segundo plano.

Este comportamiento puede traer alivio o alegría momentánea, pero a largo plazo suele venir acompañado de culpa, arrepentimiento y frustración.

Nunca me diagnosticaron oficialmente este trastorno, pero a lo largo de mi camino de autoconocimiento se volvió claro que también lucho con él de alguna forma. Durante mucho tiempo pensé que simplemente tenía un carácter "apasionado": tomo decisiones rápidas, me entusiasmo con facilidad y a veces me arrepiento igual de rápido. Pero al conocerme mejor, entendí que no es solo un rasgo de personalidad. Es más bien una forma de funcionar que hay que comprender y manejar, no avergonzarse.

Mi camino

Este artículo no es una guía profesional ni un conjunto de consejos expertos. Solo comparto lo que me ha ayudado a convivir con mi impulsividad.

El primer paso para mí fue aceptarla. Durante años luché con la culpa por cada alegría momentánea que surgía de un impulso repentino. Si compraba algo "innecesario" o decidía reorganizar la estantería a mitad de la noche, enseguida me sentía débil o irresponsable. Hoy sé que mi impulsividad no es mi enemiga. Aprendí a querer esa parte de mí. A ver cuánta espontaneidad, creatividad y energía ha traído a mi vida. Cuántas veces me llevó por caminos emocionantes y me impulsó a hacer cosas que quizás nunca habría intentado.

No quiero deshacerme de ella, solo mantenerla bajo control. Ahora, cuando surge una idea impulsiva, me detengo un momento y me pregunto: "¿Qué situación crearía si cediera a esta tentación ahora?"

Por ejemplo, si se me ocurre reorganizar completamente la sala, sé que no hago daño a nadie. Entonces dejo que la energía me lleve: muevo los muebles y disfruto cómo la serotonina inunda mi cerebro. Estos impulsos inofensivos no son un problema. De hecho, a menudo hacen mucho bien.

Pero si el impulso implica alguna consecuencia —como un gasto repentino, posponer un trabajo urgente o herir a alguien— entonces me detengo. Tomo las riendas con más fuerza. Me pregunto: "¿Por qué quiero hacer esto ahora? ¿Solo busco algo nuevo o estoy evitando enfrentar otra cosa?"

Mujer pagando con tarjeta en un terminal

Porque el comportamiento impulsivo muchas veces no trata sobre la situación en sí, sino sobre lo que no queremos sentir o resolver. Por ejemplo, probar una receta nueva puede ser un deseo inocente de cambio, pero si en realidad quiero cocinar para evitar registrar mis gastos semanales en la hoja de Excel, eso ya es otra historia.

Cuando solo busco "serotonina" pero en un lugar que a largo plazo me perjudicaría, intento transformar ese impulso en algo positivo. En lugar de gastar sin control, voy a entrenar. Al principio suena terrible, pero como el ejercicio libera la misma hormona de la felicidad, suele funcionar conmigo. Si quiero huir de una tarea desagradable, hago un trato conmigo misma: está bien, pruebo la receta nueva, pero mientras la masa reposa, me siento y dedico 10-15 minutos a lo que estoy postergando.

Mujer con ropa deportiva

Estos pequeños pasos me ayudan a que no sean mis impulsos quienes me controlen, sino yo a ellos. No digo que siempre funcione, pero la mayoría de las veces ya va muy bien. Y lo más importante: ya no lucho contra mí misma.

Porque la impulsividad no es una vergüenza, es una forma de energía. Puede desbordarse a veces, pero si aprendemos a canalizarla, no será nuestra enemiga sino nuestra aliada. Ya no quiero silenciarla, solo aprender a vivir con ella con amor, paciencia y un poco de humor.

Estas son las estrategias que me han funcionado y creo que estoy en un buen lugar ahora, pero quiero dejar claro que si alguien siente que no puede solo, no hay nada de qué avergonzarse. Pedir ayuda profesional no es debilidad, sino una decisión consciente que muestra que estamos en camino de crecer.

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