Desde 2021 soy empresaria individual. A mis 28 años, trabajando desde una ciudad mediana en el interior, a menudo me enfrento a una contradicción: muchos piensan que "seguro siempre hago lo que quiero" o que "qué suerte, porque yo organizo mi tiempo". Pero la realidad es mucho más matizada.
Este camino no es el más fácil, pero sí el más viable para mí
Cuando decidí dejar el periodismo para valerme por mí misma, no elegí el camino más sencillo, sino el más realista para mí. Viviendo en una ciudad mediana y comprometida con temas como el estilo de vida saludable, los viajes, el crecimiento personal y la conciencia social, me quedó claro que la independencia era el espacio donde podía dar vida a estos contenidos.
No me convertí en empresaria porque tuviera mucho tiempo libre o porque sonara ideal decir "yo organizo mi tiempo". Fue porque esta forma me permitió dedicarme a lo que realmente creo.
La libertad también tiene su precio
Desde fuera puede parecer que como empresaria soy libre, y en parte es cierto. A veces puedo escaparme un martes por la tarde a pasear por un bosque cercano o gestionar asuntos con flexibilidad durante el día. Pero todo eso tiene un costo.
Permitir un descanso un martes por la tarde suele significar trabajar de sol a sol el sábado. O pasar parte de las vacaciones con el portátil en mano. La libertad del emprendimiento no es un regalo: hay que ganársela mes a mes.
El trabajo “invisible”: aunque esté en casa, estoy trabajando
Una de las partes más difíciles para mí no es la cantidad de trabajo, sino cómo lo perciben los demás. Me han dicho "pero tú solo escribes" o "eso no es trabajo de verdad". Como si no ir a una oficina fuera sinónimo de no trabajar.
La realidad es que a menudo estoy frente al portátil desde temprano hasta tarde, cumpliendo plazos, editando, coordinando y también gestionando la contabilidad, la administración y el marketing. Es un estilo de vida complejo que requiere autogestión constante; no es menos trabajo, solo diferente.
En lugar de un sueldo fijo, una realidad variable
Quienes han trabajado en un empleo con pagos puntuales saben lo reconfortante que es un sueldo fijo. Como empresaria, esa seguridad no existe. Hay meses buenos y otros más difíciles. He aprendido a planificar, ahorrar y pensar a futuro.
Los “no” escondidos entre los “sí”
Ser empresaria individual a menudo es una “zona intermedia”. Aunque tenía derecho a ciertas ayudas por mi edad, a veces perdí ingresos extra por mi estatus empresarial, que habrían sido de gran ayuda. A veces sentí que me penalizaban por no elegir el “camino tradicional”.
Es difícil no dudar en esos momentos. Pero al final siempre concluyo: prefiero un camino difícil que sea auténtico, que uno fácil que no me pertenezca.
El equilibrio por el que trabajo cada día
Mi mayor desafío es encontrar el equilibrio. Aprender dónde termina el trabajo y comienza la vida personal. Tener tiempo para mi familia, para moverme, para recargar energías, y no solo vivir a través de las historias de otros, sino también de la mía.
Aunque escribo regularmente sobre vida saludable y sé lo que sería lo correcto, también me ha pasado agotarme. Eso me motiva aún más a animar a otros a cuidar su cuerpo y mente. Sé que no es fácil, pero siempre vale la pena.
No todo es blanco o negro
Para mí, ser empresaria no es “mejor” ni “peor” que ser empleada. Es diferente. Con retos, oportunidades, muchas decisiones y mucho aprendizaje.
Creo que debemos respetarnos mutuamente cuando trabajamos honestamente, aunque no comprendamos todo o lo haríamos distinto. También creo que no vale la pena ver el mundo en blanco y negro, porque lo importante siempre está en los detalles.
Elegí mi propio camino y no me arrepiento
Quizá otros no elegirían esto. Quizá yo tampoco lo haré siempre así. Pero ahora, en esta etapa de mi vida, este camino es mío. No siempre es fácil ni predecible, pero me enseña, me moldea y me recuerda cada día lo que significa realmente responsabilizarme de mi vida.











