Hay momentos en los que la vida escribe el guion de forma diferente a como lo planeamos. No son giros dramáticos, sino pequeños detalles que, al recordarlos, nos llenan de una sensación agradable.
Así me pasó a mí cuando participé en una ceremonia femenina en un arboreto especial, acompañada por otras nueve mujeres. Por la noche, descubrimos que tras las conversaciones a la luz de las velas, no solo viviríamos una experiencia espiritual, sino también una pequeña aventura.
Velas, historias y descubrimientos internos
Antes de que comenzara el programa, una amiga que había trabajado en la pastelería local nos contó que el arboreto cierra a las siete de la tarde. Cuando mencionamos esto a nuestra guía (quien es, por cierto, la auténtica Mujer en Flujo), nos aseguró que no debíamos preocuparnos. Consultó el número de la entrada y nos dijo que saldríamos antes de esa hora, y que continuaríamos la segunda parte de la ceremonia en otro lugar, así que podíamos estacionar con confianza en el aparcamiento interior.
El evento comenzó con muy buen ambiente y ya era memorable: sentarnos a la luz de las velas en plena naturaleza, compartir nuestras historias, conversar profundamente y sentir cómo se tejía un hilo invisible entre nosotras… Diez mujeres con historias distintas, pero conectadas. Nuestra terapeuta creó un espacio seguro y nos guió con atención para que esta ocasión fuera diferente a la rutina diaria. A medida que caía la noche, la magia crecía.

La tensión que surgió desde dentro
Pasaban las horas y empecé a sentir una pequeña opresión interna. Estaba segura de que ya era después de las siete, y la idea de que la puerta estuviera oficialmente cerrada se hacía cada vez más fuerte en mí. Sabía racionalmente que no pasaría nada malo. Podríamos saltar la valla, o si fuera necesario, dormir en el coche o al aire libre. Teníamos mantas, agua, comida, éramos adultas… ¿Por qué me inquietaba entonces? Había improvisado antes en situaciones similares… ¿Por qué esta vez sentía esa inquietud?
Me sorprendió darme cuenta de lo mal que llevo romper "las reglas". Como si una voz interna repitiera: “esto no está bien, no debería pasar así”. Fue curioso experimentar esa rigidez, cuando en general me considero una persona flexible y adaptable. ¿Qué había detrás? Quizás que vivimos con patrones profundamente arraigados: reglas de la infancia, normas escolares, expectativas sociales… que nos dicen que solo estamos seguras si respetamos los límites. Cuando algo los rompe, surge la sensación de perder el control, que pesa más que el problema real.
Cuando algo inesperado choca con esto, la puerta realmente se cierra
Finalmente, alrededor de las ocho y media de la noche, salimos y nos dimos cuenta de que el aparcamiento estaba cerrado con candado. Al principio sonreímos, pero cuando no pudimos contactar con la entrada y las llamadas no dieron resultado, la incertidumbre se apoderó del grupo. Esta vez preferí mantenerme en silencio. En los últimos años aprendí que no siempre tengo que resolverlo todo; hay momentos para dejar que otros tomen la iniciativa. Por eso, en ese aspecto, me di una palmadita en el hombro.
Nuestra guía decidió llamar a la policía, que respondió con sorprendente amabilidad: nos tranquilizaron diciendo que no éramos las primeras en pasar por esto. Resultó que la rutina nocturna del arboreto ya no es tan estricta; no recorren el lugar para avisar a los visitantes porque muchos usan el aparcamiento como huéspedes del hotel. En pocos minutos, los policías contactaron con el guardia de seguridad, quien prometió llegar en veinte minutos para liberarnos.
Una lección inesperada sobre la libertad
Allí estábamos, diez mujeres al otro lado de la puerta, esperando bajo el cielo estrellado. En lugar de molestarnos, nos entregamos poco a poco a la situación. La oscuridad de los árboles, los bocados que sacamos de las mochilas y la espera forzada crearon un sentimiento especial de unión, una capa extra para la noche.
Para mí, todo esto fue mucho más. Me recordó que nuestra relación con las reglas se decide muchas veces desde dentro. Que a veces vale la pena soltar el control y confiar en que la situación se resolverá por sí sola. Y que en los giros inesperados suele haber más vida que en los planes cuidadosamente trazados.
Cuando la puerta se abrió y salimos a la noche, ya no me molestaba lo ocurrido. Sentí gratitud por haber recibido, junto a una hermosa ceremonia, una experiencia singular y reveladora. Una noche en la que diez mujeres quedaron solas en el silencio del arboreto, tras rejas sí, pero en completa libertad.











