Las fiestas pueden despertar pensamientos para los que no hay tiempo ni espacio durante el año. Al desacelerar y salir de la rutina, recuerdos interesantes emergen de repente.
Una mañana a finales de diciembre (justo hace 20 años) sentí que crecí un poco, aunque no de la mejor manera. A los 16 años me subí a la báscula y por primera vez enfrenté que comer tiene consecuencias; sentí que debía cambiar algo. No sabía entonces que, pese a mi sobrepeso poco significativo, no iniciaba solo una dieta, sino un viaje de décadas con mi cuerpo, a veces doloroso, otras liberador.
El despertar adolescente que lo cambió todo
En mi temprana adolescencia creía que mi peso era solo un número y que, al crecer, era natural aumentar. Siempre fui activa, fuerte y musculosa, y no sentía que destacara del promedio (porque no lo hacía). Pero tras las fiestas, al subirme a la báscula, entendí que mis decisiones sobre mi cuerpo tenían consecuencias. Desde entonces, esa voz interior decía “sería genial que el número fuera menor”. Esa idea fue el ruido de fondo durante mi adolescencia tardía y mis primeros veinte años. Intenté hacer dietas de vez en cuando, algunas funcionaron, otras no, y nunca duraron mucho. Pero el deseo de estar delgada se mantuvo firme.

Cuando mi cuerpo fue lo único que podía controlar
A principios de mis veinte años, una fuerte crisis emocional irrumpió en mi vida y sentí que no tenía control sobre nada, solo era espectadora de mi propia vida. Lo único a lo que podía aferrarme era mi cuerpo. Al principio no fue consciente, pero luego entendí que perder peso se volvió mi ancla, mi forma de controlar algo. Me dio estabilidad cuando todo a mi alrededor era incierto.
Cuando mi situación empezó a mejorar y me sentí mejor emocionalmente, mi peso bajó tanto que mis amigos me miraban con preocupación en vez de admiración.
Por más que alcanzaba el peso deseado, no veía en el espejo la satisfacción que imaginaba junto a ese “peso ideal”.

El embarazo que reescribió las reglas
Después tuve unos años buenos: con un poco de aumento de peso alcancé un peso ideal para mi altura, que mantuve sin dietas ni excesos. Pero durante el embarazo, mi cuerpo cambió a un ritmo que no podía controlar y evolucionó tan rápido que apenas podía seguirle el paso. Tras subir 30 kilos, dos meses después del parto ya pesaba menos que antes del embarazo. Ese rápido aumento y la aún más rápida pérdida desequilibraron mi balance interno. Aunque fue hace casi 10 años, aún siento sus efectos. Ahora sé que no me di tiempo para descansar, recuperarme y adaptarme a la nueva vida que la maternidad trajo. Mi cuerpo resistió con valentía y, en apariencia, solo conserva una pequeña estría de un centímetro, que miro con gratitud porque me recuerda todo lo que viví.
Mi cuerpo no es enemigo, es brújula
Con los años aprendí que cualquier estrés, trauma o carga emocional hace que mi cuerpo responda perdiendo peso. Es su señal de alarma, su forma de decir que algo es “demasiado”. En 20 años aprendí a escucharlo y ya no me interesan solo los números, sino lo que me cuentan. Este año, con sus altibajos, me enseñó que no importa lo que marque la báscula; lo que cuenta es cuánto puedo estar presente en mi vida, colaborar conmigo misma y cuánto cariño puedo dar a este cuerpo que ha soportado tanto. Pensando en lo que aún nos espera…
La Navidad de hace 20 años realmente despertó algo en mí, pero hace mucho que mis fiestas no giran en torno a promesas de dietas. Más bien son momentos para detenerme, mirar atrás y reconocer que mi cuerpo me sostuvo durante décadas en todo lo que la vida me puso delante. Si hay algo que hoy, después de tantos años, me diría a mí misma, es que en 2026 quiero acercarme a mi cuerpo con más paciencia, gratitud y comprensión.











