El remojo que hace el trabajo por ti
Llena el fregadero, o mejor una bandeja de horno grande, con agua lo más caliente que soporte tu instalación. Añade un buen chorro de detergente lavavajillas de mano, el de fregar los platos, y dos o tres cucharadas soperas de bicarbonato. Sumerge los filtros del todo; si no caben, hazlo por partes o apóyalos de canto e id girándolos.
Déjalos entre veinte y treinta minutos. Verás cómo el agua se vuelve turbia y aparecen gotas de grasa flotando: eso es exactamente lo que ya no vas a tener que rascar. Después pasa un cepillo de cerdas blandas o el lado suave de la esponja siguiendo la dirección de las láminas, nunca en diagonal. Aclara con agua caliente, sacude bien y deja secar de pie sobre un paño, apoyados en vertical, hasta que no quede humedad en los pliegues.
Si la grasa está muy cristalizada, repite el remojo con agua nueva antes de insistir con el estropajo. La paciencia siempre gana al músculo aquí.
Lo que conviene no hacer
Nada de estropajo metálico ni de cuchillo para levantar costras: rayan el metal y a partir de ahí la grasa se agarra mucho más rápido. Evita también los productos con amoniaco mezclados con otros limpiadores; ni compensa ni es seguro en un espacio pequeño.
Y ojo con el lavavajillas: en muchos filtros de aluminio, los detergentes agresivos y el calor del ciclo dejan la superficie con un aspecto blanquecino y mate que ya no se recupera. Si tu manual lo permite y el filtro es de acero inoxidable, puedes usar un programa corto a temperatura media y sin otros utensilios dentro. En caso de duda, el fregadero es más lento pero no arruina nada.






