Dobla en vertical lo que va en cajones —camisetas, ropa interior, punto fino— para verlo todo al abrir en lugar de excavar. El punto pesado, mejor doblado que colgado, o se deformará el hombro. Y deja siempre un hueco vacío del ancho de una mano en la barra: sin ese margen, sacar y meter se vuelve incómodo y el sistema se abandona.
Por último, coloca una bolsa de tela en el interior de la puerta. Es la bolsa de salida: lo que te pruebas y no te convence, lo que se ha dado de sí, lo que pica. Cuando se llena, se lleva a donar o a reciclar textil. Así el armario se depura solo durante todo el año.
¿Qué hago con la ropa que no me pongo pero me da pena soltar?
Sepárala en dos grupos: la que guardas por valor sentimental y la que guardas por culpa. Lo sentimental —el vestido de una fecha importante, la chaqueta de tu madre— no tiene que estar en el armario diario: va en una caja aparte, con su nombre, y no compite con tu ropa real. La que guardas por culpa, porque costó dinero o porque «algún día», es justo la que va a la caja de dudas con fecha.
¿Cada cuánto conviene revisar el armario?
Dos revisiones grandes al año, coincidiendo con los cambios de estación, y una mini revisión de quince minutos al mes bastan para que nunca se acumule el caos. En esa revisión mensual solo haces tres cosas: devolver a su zona lo que se ha desplazado, vaciar la bolsa de salida y comprobar si falta algo concreto, para que tus compras respondan a un hueco real y no al impulso de un escaparate.











