Si creciste entre 1980 y 2000, sabes bien lo que era vivir en el límite entre el mundo antiguo y el nuevo. De niños, experimentamos la cruda realidad de los "buenos viejos tiempos", mientras la era digital ya llamaba a nuestra puerta. Estoy segura de que nuestros padres también sentían ese cambio, solo que sin Google para buscar respuestas. Tampoco les enseñaron cómo estar emocionalmente presentes mientras ellos mismos intentaban adaptarse.
Cuando me aburría, mi mamá no inventaba actividades creativas. Simplemente decía: “Entonces haz algo.” Y yo hacía algo. A veces nada especial, otras veces algo bastante arriesgado, pero siempre salía bien. Hoy, algunas de esas travesuras serían motivo de terapia, pero en ese entonces eran solo parte del día a día.
Quizás esa sea una experiencia clave que nos une para siempre a quienes crecimos en esa época. Y estas 5 cosas son algo que, por eso mismo, solo nosotros podemos entender realmente.
El aburrimiento es la antesala de la creatividad

De niños no existía la gestión del tiempo, ni actividades sensoriales ni juegos “educativos” serios. Solo había verano y estar afuera o adentro. Nuestros padres no sentían la necesidad de entretenernos todo el tiempo y, tras jugar juntos, volvían rápido a sus cosas.
¿Y qué hacíamos? Inventábamos. Nos nombrábamos caballeros en la escalera, recogíamos frambuesas en el jardín del vecino y construíamos fuertes bajo el nogal —¡con clavos, martillos y sierras a los seis años! Aprendimos a crear algo de la nada. Esa habilidad la llevamos con nosotros y aporta mucho a nuestra vida diaria.
No todos ganaban, y eso estaba bien

No recibíamos diplomas ni medallas solo por participar en atletismo, y si nos equivocábamos en el concurso de poesía, no pasábamos a la siguiente ronda. Claro que dolía perder, pero de alguna manera estaba bien. No nos decían “no importa, eres el mejor igual”. Solo decían “quizás la próxima vez” —y por eso había una próxima vez, porque no queríamos rendirnos.
No estoy segura de que nuestros padres supieran exactamente cómo ayudarnos en esos momentos, pero su presencia o su silencio muchas veces bastaban para digerir la derrota. Esa capacidad de levantarnos y entender que no siempre hay que ganar es uno de los regalos más grandes que esta generación lleva consigo.
El “porque yo lo digo” de los padres era la última palabra

¿Recuerdas alguna vez en la infancia cuando querías algo mucho? Y la respuesta fue:
– “No.”
– “¿Pero por qué no?”
– “Porque yo lo digo.”
Eso era todo. No había largas explicaciones sobre límites, ni charlas empáticas sobre reglas y posibilidades. De niños, era frustrante, pero ahora, como adultos (y padres), a veces envidio esa sencillez.
Nuestros padres no complicaban las cosas. No digo que fuera lo ideal (para nada), pero con solo una mirada, un tono o un “ahora no puedo” sabíamos dónde estaba el límite. Eso no se sentía bien, pero nos daba una brújula interna: hasta dónde podíamos llegar y dónde estaba el muro.
El juego al aire libre era el corazón de la infancia

“¡Fuera ya!” — ni hacía falta decirlo. No preguntábamos cuánto tiempo podíamos quedarnos, sabíamos que cuando se encendían las farolas era hora de volver. Trepábamos, caíamos, jugábamos a las escondidas, cocinábamos barro y peleábamos con los niños de la otra calle. No había apps que contaran pasos o ubicación, solo la ropa sucia y los rasguños mostraban que lo habíamos pasado genial.
Recuerdo esas sensaciones y tardes “semi salvajes” como la libertad en su forma más pura, algo que nunca he vuelto a sentir. Creo que ya no lo sentiré, porque solo se vive así en la infancia. Pero para los “niños de hoy” eso ya no es posible; nuestras circunstancias cambiaron tanto que no podemos dejarlos ser tan libres, aunque sepamos cuánto nos dio esa experiencia.
La mayoría de las emociones no se hablaban

Si llorábamos, nos decían “no hagas un drama”, si estábamos enojados, “sal a calmarte” (y nos alegrábamos si no nos tiraban agua fría). Si estábamos demasiado felices, “no saltes tanto” y “¿qué dirán los demás?”. Nuestros padres no eran insensibles, simplemente no aprendieron a manejar bien las emociones, porque a ellos tampoco los trataron bien. No se hablaba de la vida emocional de los niños; más bien intentaban disciplinar, ocultar o silenciar nuestros sentimientos.
¿Y nosotros? Aprendimos a callar. Aprendimos que hay emociones que “no se deben” mostrar. Hoy sabemos que eso dejó huellas profundas. Quizás ahora, como generación, estamos reaprendiendo a sentir —con seguridad, sin vergüenza, con libertad.
Si creciste en esa época, seguro te vinieron recuerdos de la infancia. Quizás con nostalgia, o con la cabeza entre las manos, o con pensamientos tristes. Pero esas vivencias te hicieron quien eres. Y si a veces sientes que por eso vas a terapia, no te preocupes: ¡eso también es algo que compartimos!











