Cuando estaba en mis veinte y pasaba horas en la universidad, muchas veces pensaba —sobre todo antes de un examen difícil— que todo ese aprendizaje sería solo una herramienta para avanzar en el mercado laboral.
Entre exámenes y datos de investigación, no imaginaba que esos años de teoría cobrarían un significado completamente distinto años después, en el corazón de nuestra sala de estar. Para mí, escribir mi tesis no fue solo una tarea más, sino un viaje intelectual cuyos frutos hoy, como mamá, puedo disfrutar.
De la emoción de la investigación a las revelaciones
Recientemente, ayudé a una amiga con su tesis y ese trabajo conjunto despertó recuerdos del pasado. Recuerdo la pasión que sentí en 2012 cuando me sumergí en mi tema. La sociología de la lectura me atrapó mientras investigaba qué factores familiares y ambientales influyen en las habilidades lectoras de los niños.
Al principio, solo la curiosidad científica y la obligación me motivaban, pero me encantaba sumergirme en libros especializados y revisar los estudios más recientes. Lo más emocionante fue analizar mis propios datos. Había algo mágico en poder leer entre líneas y descubrir esas conexiones invisibles que moldean la relación de un niño en desarrollo con los libros y el aprendizaje.
Enfrentando el lado oscuro digital
Mi investigación no solo me trajo logros académicos, sino que también me mostró un espejo social doloroso. Hace más de una década ya se veía cómo cambiaban irremediablemente los días de los niños de primaria.
Recuerdo la tristeza que sentí cuando los cuestionarios revelaron que para muchos niños pequeños la única actividad familiar común era ir de compras los fines de semana al hipermercado.

En esos tiempos, cuando internet apenas comenzaba a entrar en nuestras vidas, casi todos los niños tenían televisión en su habitación, que veían solos y sin control. (Sí, incluso cuando el contenido para adultos se activaba automáticamente en ciertas cadenas durante la noche).
Estas revelaciones quedaron grabadas en mí, y aunque aún no era madre, empecé a construir en mi interior los valores que hoy aplico en casa. Los datos analizados no eran solo estadísticas, sino señales de alerta sobre cómo la verdadera conexión y la imaginación se pierden en el ruido tecnológico.
La importancia de predicar con el ejemplo también aparece aquí
Poco después de que nació mi hija, las teorías aprendidas en la universidad se volvieron prácticas y reales. Recordaba claramente una de las lecciones más importantes de mi investigación: los niños no hacen lo que les decimos, sino lo que ven en nosotros.

Si quiero que mi hija ame los libros, debe verme leer también.
No basta con poner el libro en la estantería, yo también necesito perderme en una novela en el sofá para que ella se motive y quiera imitarme. Esta conciencia ha hecho que la lectura y la curiosidad sean en casa una rutina natural y atractiva, no una obligación.
No me malinterpretes, no vivimos en una burbuja sin tecnología ni pretendo ser una madre perfecta. En casa también tenemos tiempo de pantalla, y a veces mi hija prefiere ver dibujos en lugar de leer, pero el conocimiento que reuní en mi tesis es una brújula interna para manejarlo. No prohíbo, sino que marco límites y selecciono con criterio.
La diferencia está en que entiendo perfectamente cómo funciona el uso de pantallas y su impacto en el cerebro en desarrollo, por eso puedo establecer límites con confianza. Este conocimiento me da tranquilidad: sé por qué digo que no en ciertas situaciones y por qué prefiero el juego o la conversación a un consumo pasivo de contenido.
Mirando atrás, veo que en la universidad no solo obtuve un título, sino una forma de ver el mundo que hoy me apoya en la tarea más importante: ser madre. Aunque el mundo cambia, el verdadero valor del conocimiento está en cómo nos ayuda a vivir con más conciencia y presencia.











