Mi hija cumple diez años este año. Es raro decirlo, porque a la vez siento que "parece que fue ayer cuando era un bebé" y que estamos justo al inicio de una etapa totalmente nueva y desconocida.
Es una gran suerte – y de verdad un regalo especial de la vida – que la hija de mi mejor amiga también cumpla esa edad este otoño. No exagero al decir que muchas veces nos hemos salvado la vida estando ahí la una para la otra. No porque pudiéramos dar consejos no solicitados, sino porque sabíamos con certeza que podíamos ser honestas sin miedo, porque estábamos pasando por lo mismo. Ahora estamos en otra etapa difícil. Repetimos las mismas discusiones matutinas, recibimos las mismas miradas de "déjame en paz", y nos acostamos pensando: "¿esto es realmente normal?"
La niebla de la infancia y las primeras sombras de la adolescencia
Siendo sincera, las dificultades de los primeros años ya casi se han desvanecido. Las noches sin dormir, los cólicos interminables, las epidemias en el jardín de infancia ya no duelen como antes. No porque no me afectaran, sino porque pasaron tantas cosas buenas también.
De alguna forma nos convertimos en familia, nos fortalecimos, empezamos a disfrutar la vida juntas, y no quedó ningún recuerdo negativo del pasado.
Quizás por eso espero que algún día mire atrás a la adolescencia con esa misma paz. Apenas estamos en la puerta, pero ya siento lo desconocido que es todo otra vez. El cuerpo y el alma de mi hija comienzan a transformarse al mismo tiempo. Hay días en que es tan sensible que parece que cada palabra mía es un ataque directo, aunque siempre tenga las mejores intenciones y la mayor paciencia. A veces no para de hablar, otras parece levantar un muro invisible a su alrededor. Sé que está bien, y yo también he vivido lo que implica la pubertad. Pero saberlo no lo hace más fácil, porque frente a mí está mi propia hija, a quien deseo una adolescencia diferente a la que yo tuve.

Dos tormentas hormonales bajo un mismo techo
Aunque yo fui madre joven en términos actuales, muchas mujeres acompañan la adolescencia de sus hijos mientras atraviesan la perimenopausia o la menopausia. Cambios de humor, problemas para dormir, cansancio, menos paciencia, una imagen corporal cambiante – justo cuando su querido hijo se vuelve menos colaborador…
Yo misma noto que soy mucho más irritable en ciertas fases de mi ciclo, especialmente en la fase lútea. El papá de mi hija lo entiende perfectamente y ha aprendido a manejarlo muy bien. Pero no puedo esperar eso de mi hija. Ella solo siente que "mamá está diferente hoy" y, como por arte de magia, aprovecha para subir al máximo su rebeldía.
Este carácter fuerte seguro que será útil algún día
Al final, podría darme una palmadita en el hombro porque he logrado criar a una joven con carácter, segura de sí misma y que defiende sus ideas con gracia, y he fortalecido su confianza como nunca antes lo hice con nadie. Esto sin duda le servirá, al igual que el amor, tiempo y atención que le hemos dado hasta ahora. También hemos intentado funcionar como pareja, como mujer y hombre, y quizás gracias a ese trabajo personal no siento vacío ni arrepentimientos.
Pero los estudios muestran que muchos padres hoy en día construyen obsesivamente su vida alrededor de sus hijos, a menudo sacrificando sus relaciones, amistades y salud mental. Cuando llega la adolescencia y estos padres se enfrentan a que su adorada hija o hijo simplemente les da la espalda y es totalmente ingrato, duele mucho.
En esos momentos es difícil no tomar como un ataque personal un encogerse de hombros o un comentario lanzado al vuelo, cuando al otro lado hay al menos quince años de cuidado incondicional...

¿Será por eso que esta etapa es tan difícil?
Aunque racionalmente sé que lo que veo es crecimiento, separación y búsqueda de identidad, emocionalmente a menudo siento que estoy siendo examinada constantemente. Como si cada mal día, cada respuesta desafiante, cada comentario irritante preguntara:
"¿Estás segura de que lo has hecho bien hasta ahora?"
En esos momentos no necesito estadísticas ni teorías educativas, sino saber que no soy la única madre que se siente orgullosa y a la vez insegura sobre sus principios de crianza.
Y cuando realmente creo que lo he arruinado todo, siempre sucede un milagro que lo equilibra todo. Un abrazo inesperado, un gesto amable antes de dormir, una mirada donde aparece esa niña que conozco tan bien. Surge esa personalidad empática, colaborativa y amorosa que media hora antes pensé que había desaparecido para siempre.
Puede que la adolescencia sea a veces un infierno, pero es mucho más llevadera si no estamos solos, y si nos atrevemos a trabajar en nuestros bloqueos personales, incluso con una amiga. Y si al mismo tiempo aprendemos a aceptar que no siempre tenemos que ser fuertes, pacientes y perfectos, quizás algún día recordemos esta etapa con la misma sonrisa suave con la que recordamos las noches sin dormir.











