Octubre es el mes en el que el pelo pasa factura: el sol del verano, la sal, el cloro y el secador han dejado unas puntas que se enredan al peinar y unos medios que absorben la crema y la devuelven en forma de encrespado. La reacción habitual es comprar una mascarilla más cara. Y sin embargo, en la mayoría de los neceseres el producto ya es bueno; lo que falla es el gesto. Una mascarilla aplicada con prisa sobre el pelo chorreando, dejada dos minutos y aclarada con el agua casi hirviendo del invierno no tiene ninguna posibilidad de hacer su trabajo.
El error más repetido: no darle tiempo ni sitio
Los activos de una mascarilla necesitan dos condiciones básicas: poder entrar y poder quedarse. Si el pelo está empapado, el agua ocupa el espacio y el producto se diluye y resbala por el desagüe antes de hacer nada. Y si la aclaras a los dos minutos porque ya has terminado de ducharte, has pagado por un acondicionador caro.
El método correcto es casi aburrido de lo simple. Después del champú, escurre el pelo con las manos y pásalo por la toalla hasta que deje de gotear. Reparte la mascarilla por secciones, empezando por las puntas y subiendo hasta los medios, y distribúyela con un peine de púas anchas para que no queden zonas secas. Déjala actuar al menos cinco minutos, mejor diez si el pelo está muy castigado, y aclara con agua templada tirando a fresca, nunca ardiendo. Si quieres un extra, recoge el pelo y envuélvelo en una toalla: el calor suave ayuda.






