Siempre pensé que para el autoconocimiento necesitaba libros, cursos o terapias. Hoy sé que sí, pero para mí, el curso más intenso lo inició mi propio hijo, sin pedirlo y completamente gratis.
No hizo más que presionar una y otra vez esos botones que yo creía que ni existían. Resultó que sí, y tengo mucho trabajo con ellos.
Este "curso gratuito" no siempre es cómodo. A veces me descoloca o me pone nerviosa, me hace llorar, pero siempre me acerca más a mí misma. Ahora veo claro que mi hija preadolescente nos muestra el reflejo más nítido. En ese espejo no solo veo a ella, sino también mi pasado, mis miedos y mis heridas sin sanar.
Cuando el pasado regresa de repente
Recuerdo el momento en que mi hija llegó a casa por primera vez diciendo que la habían excluido. La molestaban, no la aceptaban en el grupo y la evitaban, así que no podía jugar con nadie.
Al escuchar sus historias, de repente volví a mi infancia y no pude darle un consejo decente. Mis años en la escuela primaria estuvieron llenos del dolor que ella sentía.
En ese entonces no encontraba mi lugar y solo años después, en la secundaria, logré hacer verdaderos amigos. Pensé que eso ya había quedado atrás, pero cuando le pasó a mi hija, me quedé paralizada.
Después entendí: no era que no tuviera respuesta para su situación, sino para mis propias heridas antiguas. Ella solo reflejaba lo que aún estaba dentro de mí. Esto se confirmó en la siguiente sesión grupal, donde llevé este tema. Fue la primera vez que no busqué respuestas en la infancia o en traumas transgeneracionales, sino que encontré el bloqueo en mi adolescencia.
Los terapeutas dicen que los niños a menudo sacan a la luz patrones inconscientes de los padres. No se trata de que su historia sea una copia exacta e inmutable de la nuestra, sino que sus experiencias despiertan nuestros sentimientos no resueltos. Si los reconocemos y trabajamos en ellos, no solo nos liberamos nosotros, sino que también podemos apoyarles de verdad.
Hay que entender que la adolescencia y preadolescencia son etapas provocativas: el niño quiere ser independiente y el padre a menudo se siente amenazado. Pero si no reaccionamos por impulso, sino con conciencia y reflexión, creamos un ambiente más tranquilo y construimos una confianza más profunda en la relación.
El regalo de las preguntas incómodas
No solo las situaciones difíciles, sino también las preguntas incómodas reflejan algo similar. Cuando nuestro hijo pregunta abiertamente sobre sexo, menstruación o erección y nos sentimos incómodos, suele ser porque tenemos bloqueos con esos temas. Él solo sigue su curiosidad y pregunta sobre funciones corporales tan naturales como sudar o orinar.
Estas preguntas son puertas: si tenemos el valor de abrirlas, no solo podemos responder con sinceridad, sino también sanar nosotros mismos. Cuando me di cuenta de que no podía hablar con naturalidad sobre la menstruación con mi hija, hice un curso sobre el ciclo menstrual. Mi objetivo era superar mis inhibiciones y estar más informada y tranquila en esas conversaciones. Y descubrí que no solo ayudaba a mi hija, sino que también me hacía un regalo a mí misma.
Todo lo que le digo también libera algo en mí, de aquello que nuestra generación cargó como vergüenza o secreto.
Los psicólogos destacan la importancia de normalizar los temas delicados. La comunicación abierta sobre el cuerpo, la sexualidad y las emociones fortalece la imagen corporal y la confianza de los niños. Si los tratamos como tabú, sembramos vergüenza e inseguridad que pueden afectar su autoestima a largo plazo.
El mecanismo es simple: si algo nos incomoda, nos muestra dónde tenemos trabajo personal. Trabajando en esos bloqueos, no solo somos más auténticos ante nuestros hijos, sino que también nos sentimos más libres y ligeros.
Los niños intentan entender el mundo con sus preguntas, y a dónde acuden por respuestas depende de nosotros. Siempre intento responder con sinceridad y de forma adecuada a su edad; si me quedo sin palabras, pido un momento para pensar cómo explicarle mejor. En esos minutos trato de recomponerme para dar respuestas claras, mientras en mi mente tomo notas y me pregunto qué hay detrás de esa pregunta.
Los expertos dicen que no pasa nada si no respondemos todo al instante. Decirlo también es un ejemplo para los niños: aprenden que pedir tiempo es natural y que los sentimientos difíciles no se reprimen, sino que se pueden manejar y superar.
Mi hija tiene solo 9 años, pero ya sé que el mejor curso de autoconocimiento está en nuestro día a día, donde nuestros hijos nos reflejan con total sinceridad. No sé a dónde nos llevará este camino, pero sé que con cada pregunta y cada bloqueo superado, me acerco más a ella y a mí misma.











